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Fuente: Marcelino Rodríguez. Ángel y Carmina.
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Capítulo 94.
Coses y casos
de cases.
Parte XII.
Casa Sampedrín.
"Nunca te das cuenta de lo que has hecho;
sólo puedes ver lo que queda por hacer".
Marie Curie.
Esfuerzo: "Empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades".
Trabajar: "Ocuparse en cualquier actividad física o intelectual".
Estas son las acepciones, entre otras muchas, con las que la Real Academia Española (RAE) define dos conceptos básicos y fundamentales para el desarrollo de la humanidad. Noción esta última de "humanidad" tan sobada que roza en la abstracción, y debido a ello caemos en preocupantes errores de quien la construye. Para un análisis fidedigno debemos remitirnos al origen, al inicio de todo. Pero, la ausencia de información fiable nos obliga a obviar tiempos alejados de nuestros intereses, y nos empuja al recurso de un enfoque limitado de percepciones para así ajustarse al objetivo perseguido en este capítulo.
Por ello, una vez más, reparemos en una de sus piezas más elemental y atomizada, la unidad básica de producción: la familia. Esta será quien afronte con el rigor que merece a la supervivencia, a la meta de vivir cada día como si fuera el último. Abanderan el esfuerzo y el trabajo en su máxima expresión, para así no rendirse ante los sinsabores diarios. Los miembros de Casa Sampedrín, saben como nadie del empeño al que obliga esta exigente coreografía, repetida miles de veces.
En esta familia no hubo lugar para el desánimo, el cansancio o quejas. La maquinaría consanguínea jamás se detiene, pese a las dificultades cotidianas y las trabas con las que el destino golpeaba las expectativas. El trabajo, exigente y duro, es el motor que la mantiene en marcha y perfectamente engrasada.
Las próximas líneas recordarán los parámetros para medir el verdadero legado familiar de un clan, siempre vinculado a la tierra que pisa y trabaja. Acompañados en esta empresa, con el liviano equipaje de la confianza que aporta la experiencia y conocimiento, para sencillamente seguir viviendo.
En esta ocasión, la fortaleza no se cuantifica en cuentas bancarias, ni en propiedades, si en cambio en la fuerza y coraje innato que llevan en la sangre. Cuando la propia vida no te ofrece privilegios, ni ventaja alguna en la casilla de salida, tan solo el esfuerzo se convierte en la única certeza con la que te encontrarás mañana. La exclusiva herencia garantizada para abrirse camino ante los retos del implacable futuro.
Desde este momento nos adentraremos, con el permiso y testimonios prestados por sus miembros, en la vida de los Sampedrín, que sin otro impedimento, permanecerá fijado en el recuerdo compartido de todos.
Casa Sampedrín.
"Llevantar una casa que seya un mundu,
con una xeografía propia de pasillos,
d'escaleres y ventanes, de pontes y caminos...".
Berta Piñán.
Casa Sampedrín, se reconoce en el antromerín barrio de El Rebuñón. Lugar este, en altura meridiana que se da cita con los fríos y duros vientos del norte, y cuyas edificaciones en estudiada disposición tratan de minimizar los efectos de los mismos. Es esta agrupación urbanística la perfecta metáfora de la idiosincrasia antromerina: ese afrontar los riesgos sin complejos, pero con el calculado método heurístico de prueba - error.
La toponimia de El Rebuñón, es ciertamente intrigante. Las fuentes oficiales nos hablan de un término sujeto a acepciones incompletas y ni tan siquiera contempladas en el lenguaje de nuestro pueblo. Así, si atendemos al autor Xuan Xosé Sánchez Vicente, en su excelsa obra, " Diccionario Asturianu-castellano", nos detalla esta definición: "Rezongar, reñir insistentemente y sin motivo. // Protestar en voz baja. // Mugir el toro.// Despreciar algo que se te ofrece". En cambio, el asturiano oficial y militante, en el Diccionario Xeneral de la Llingua Asturiana, nos añade otro significado: arañazo.
Sin desmerecer al conocimiento y saber académico prestado, estamos obligados a atender en pura lógica a las fuentes primarias vinculantes a nuestro topónimo, esto es, a la percepción de los vecinos. Aparquemos entonces, aunque sea momentáneamente, aquellas atribuciones anteriormente expuestas y enfoquemos nuestra atención al saber popular heredado de los nuestros.
Pero, no sin antes, recordar las visibles características orográficas y geológicas del área de influencia que estamos analizando, que son las que van dar fuerza y empaque a la exposición vecinal. Valorando su disposición orográfica, y al grado de inclinación de su rampa (anticlinal), le hay que sumar una importante capa de sílice rojiza, que da cuerpo a la arcilla característica y cuyos efectos propician corrimientos de tierra (1), aun visibles. Así, entre nuestros convecinos, familiarizados en estos fenómenos naturales, no dudaban en asignar a tales accidentales desprendimientos, como "rebuñar". Los movimientos de tierra y argayos imprevistos eran un "rebuño", sin más atribuciones. Con esto, se nos despeja una asignación toponímica muy local y exclusiva de la zona. El asturiano del Cabo de Peñes tiene estas cosas.
En la actualidad, el "Camino del Rebuñón" o en su defecto la "Calle del Rebuñón", figuran en el Inventario de Vías Públicas de la parroquia de Bocines. Y sin desmerecer cualquier definición al respecto, nos quedamos con la última.
En pequeña y solana quintana se sitúa Casa Sampedrín. Orientación estudiada para facilitar la captación de la luz natural, y el calor de la forma más equilibrada posible. Por encima de la misma, y en un plano más inclinado se encuentra Casa Pilo, formando este binomio una singular combinación para retratar, sin mayor pretensión, el espíritu de una pequeña quintana asturiana bien avenida.
La actual casa, mantiene el lugar de disposición original, pero sometida hace unas dos décadas a una profunda reforma, que poco o nada recuerda a vetusto inmueble conocido por los antepasados familiares. Exposición esta, que se debe de complementar con el matiz aportado por Ángel Sampedrín: " La casa siempre estuvo donde está ahora, aunque hace unos casi veinte años se reformó toda. Y enfrente había otra, que era donde vivieron mis güelos. Casa que ya desapareció hace muchos años".
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Fuente: Marcelino Rodríguez. Casa Sampedrín.
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Frente a morada familiar, y siguiendo pautas heredadas a la vez que pragmáticas, se encuentra el hórreo. Instalación necesaria para mantener los excedentes agrarios y llegado el caso confortable estancia. En su planta baja se habilitó cierre para labores de cuadra, o en su defecto almacén agrario.
En un reducto mínimo no superior a los 200 metros cuadrados, hasta no hace tanto tiempo se podían listar cuatro construcciones de este tipo, cuyos propietarios enumeramos: Casa Sampedrín, Juan Canales /Pilo, Casa Miterio y Casa Romero. Desgraciadamente, los dos últimos ya forman parte del pasado, rompiendo con aquella fecunda densidad vinculada al trabayo de la tierra.
Aunque no debiéramos olvidar una posibilidad, apoyada en testimonios incapaces de garantizar certeza, acaba cayendo en manos de una presunción. Casi un siglo atrás, en la parcela que hoy luce la casa de Ramón de Sampedrín y Josefa, hubo una panera, cuyos propietarios se esconden entre la borrina del olvido, y que bien pudieran atender a la filiación de la familia La Mata. Cábala esta, que quien sabe si pudiera convertirse en convicción en próximas indagaciones.
(1). La arcilla es uno de los factores geológicos más peligrosos y determinantes en la activación de los fenómenos de deslizamientos de tierras. Debido entre otras causas a su capacidad para retener agua y cambiar de consistencia.
El probable origen de Sampedrín.
"Al principiu taba la llingua qu'asoleyaba el mundu,
dando-y el nome precisu a las cousas del nuesu llugar,
onde la tierra guarda el misteriu d'onde venimos".
Nene Losada.
Hay nombres, apodos que nacen sin necesidad de legajos, sin testamentos, ni actas que confirmen sus procedencias. No es necesario, pues la tierra y su paisanaje dictaron sentencia. Sampedrín, es un mote nacido como tantos en el murmullo popular, reafirmada su inicial etiqueta pasajera por el viento y perpetuada por el uso y recuerdo de las generaciones. Convirtiéndose al fin y al cabo en un símbolo identitario, pleno de orgullo y bandera de la dignidad familiar.
Pero, ¿de dónde brota un apodo cuando no está vinculado a nombre patronímico?. ¿De donde nace un mote familiar ajeno a cualquier archivo o documento?. Para tratar de conseguir respuesta alguna que mitigue el hambre de desconocimiento y ante la ausencia de pruebas escritas, florecen las conjeturas. Y, una vez más, recurriremos a las presunciones en base al propio nombre.
En esta orientación de búsqueda, nos hemos topado con varias alternativas posibles, que se van a exponer con un mínimo detalle para ilustrar a las mismas, ante la duda con la que se ensombrece esa falta de "oficialidad".
En la primera opción barajada, se apoya en una base arqueóloga, esto es, en las quiastolitas (su búsqueda tenía un empleo de creencia, con un cierto valor cultural) y cuyo sobrenombre más común y popular corresponde a "sampedras" o "piedra de San Pedro" (2). Siendo esta un mineral de pizarra, variedad de andalucita y que en su corte presenta una cruz natural, por la presencia de grafito o carbón.
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| Fuente: Internet. Piedra "Sampedra". |
Históricamente fue considerada una piedra de la suerte, que servía para curar las picaduras de la culebra o potenciar la fecundidad de la mujer. Según antiguas creencias, era un símbolo de identidad celta y aquellas personas que recurrían tanto a su uso, como llevarla consigo de amuleto, eran llamadas genéricamente "sampedrinas".
Siguiendo la ruta programada en el listado de las posibilidades barajadas, hagamos parada explicativa en una que se apoya en ciertas creencias religiosas. En determinadas partes de esta tierra madre que nos acoge, había una costumbre, hoy en desuso, de denominar a los nacidos en el 29 de junio, festividad de San Pedro, como "sampedrines". Lo cierto, es que no nos consta entre los vecinos esta afinidad expuesta, pero dada la imprecisión del espacio-tiempo no estamos en condiciones de aseverar, ni tan siquiera desmentir nada.
Otra de las teorias que no debemos desdeñar, y por ser con toda seguridad la más lógica, es la del gentilicio de aquellos núcleos de población vinculados al nombre de Pedro, en este caso, San Pedro. Si tenemos en cuenta la advocación religiosa de este pueblo, de la que hace gala desde hace más de dos siglos, podría tomar cierta fuerza esta teoría. Así, bien se pudieran rebautizar desde el imaginario popular a los ascendientes nacidos aquí, o al menos a una parte de ellos, como "Sampedrines".
Como penúltima exposición vinculante, recordamos que en Asturias existe una tendencia natural al empleo de diminutivos afectivos, para nombrar ciertos santos y muy especialmente a los santos patrones. Así, nuestra lengua, tiene una alquimia especial y podríamos decir que casi exclusiva: no solo reinventa nombres, sino que los abraza a través de un singular afecto, que solo los nacidos aquí entienden, aunque siempre bajo el inquisitorial escrutinio de los foráneos.
No debemos olvidar la gran variedad de santos rebautizados, pues a lo largo y ancho de esta tierra asturiana podemos encontrar Santolayas, San Antones, San Xuanínes o la Santina (Virgen de Covadonga), que entre otros muchos, forman parte del santoral particular y exclusivo de estas tierras. Más práctico, orgánico y con una musicalidad inconfundible. En nuestro caso particular, reforzado tras el regalo de Teresa La Mata (hace casi un siglo) de una figura más pequeña de San Pedro a la iglesia, que en comparación con la anterior, no pasó desapercibido su tamaño al ingenio popular, renombrado como "San Pedrín".
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Fuente: Jovino García. Imagen de San Pedro, donado a la iglesia. San Pedrín. |
Pero, tras estas disquisiciones, os podéis preguntar que nada o casi nada se ha aclarado en torno al apodo de nuestra familia de referencia. Cierto es, que tal y como recogen ilustres etnógrafos, siendo el caso más representativo el de Aurelio de Llano Roza y Ampudia (1868-1936), la religiosidad asturiana es extremadamente doméstica e inmediata. Según sus teorías, las devociones hacia un santo se traducían en el cuidado de la ermita, del altar y de todo lo vinculado con aquel. Dado el sarcasmo innato de los vecinos, o por el contrario como gratitud, se acaba bautizando a los habitantes de esa vivienda con el nombre del santo al que rendían pleitesía y atenciones. Convirtiendo la devoción en un mote familiar protector. Si trasladamos esta conjetura a nuestro ámbito territorial, todo encaja: San Pedro - Sampedrín.
En cualquier caso, y ante la ausencia de testimonios y documentos en los que fijar cábalas, lejos de desdibujar el nacimiento de su apodo, lo engrandece. Casa Sampedrín, no necesita de ninguna validación en tinta; existe porque la memoria colectiva así lo ha decidido. Que cada cual saque sus propias conclusiones.
(2). La quiastolita fue muy popular en el occidente asturiano, entre los concejos de Navia y Boal. Y dada su forma interna en forma de cruz, era considerada una piedra mágica y protectora a través del aurea beatífica de San Pedro. De ahí su sobrenombre de "sampedra".
La xente de Casa Sampedrín.
"Equí ta l'apellíu, marcáu nel fumu,
na madera gastao polos inviernos;
un saber silenciosu, maduru,
que resiste al olvidu de los tiempos".
Xuan Bello.
No hay estirpe que florezca y se desarrolle en total aislamiento. No hay tierra por fértil que sea que no precise, de tanto en tanto, de nuevos fertilizantes para superar un previsible estancamiento productivo. Las familias, igual que las heredades, se van agotando cuando ajustan sus límites a lo doméstico y conocido.
Son los hombres y las mujeres que decidieron salir de un acomodamiento familiar, para formar un nuevo porvenir los que tienen nuestro mayor respeto. Apegados a ellos, además de sus modestas propiedades, trajeron nueva sangre, nuevos usos, costumbres y la certeza de formar parte de una transformación irreversible. Esa es la grandeza de la diversidad, tan entredicha en la actualidad.
La antropología y la sabiduría nos enseña que la fortaleza de una sociedad radica en la mixtura. En esta ocasión, enriquecer la sangre representa un acto de supervivencia y valentía, para afrontar con resiliencia el embate de tiempos duros. Casa Sampedrín, es una muestra más de un mestizaje geográfico y humano, que lejos de diluir su identidad, acabó dotándola de un legado imperecedero que forma parte de la historia, presente y futuro de nuestras vidas.
Recalemos, sin mayor demora, en las raíces conocidas de esta familia. Para ello, viajaremos al convulso siglo XIX, a través de la valiosa documentación cedida por la investigadora local, Geli Artime. Es en el censo municipal de 1867, donde encontramos la primera referencia documental de este clan. Tan solo hacía cinco años que los ejércitos napoleónicos habían sido expulsados de las tierras asturianas. Al hambre y necesidades heredadas, se le sumaron los actos deshonestos y canallas perpetrados por el invasor, que no hicieron otra cosa que acrecentar la miseria de nuestros antepasados. Es en el año 1817, cuando nacerá el patriarca, Joaquín de Artime. El origen conocido de los Sampedrines.
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| Fuente: Geli Artime. Censo de 1867. |
Joaquín de Artime (1817) y Manuela Menéndez Corbera (1823).
Aquel hombre, vinculado a la tierra con un oficio heredado y eterno de labrador, no tardará en formar matrimonio con Manuela Menéndez Corbera, nacida en 1823. Apellido toponímico este último (Corbera, tal y como está registrado), perdido para siempre en la parroquia.
El joven matrimonio, siguiendo una tendencia de época, formó familia numerosa. Sus seis hijos, nacidos con vida, así los confirma, y de ellos nos proporciona detalle el registrador del momento, Juan Fernández Luanco, quien no se distinguía por una buena caligrafía y forma equilibrada de registrar los datos. Convirtiendo en este caso una aventura la interpretación del nombre del quinto hijo. Los vástagos, en orden cronológico descendiente son: Ramona (1851); José (1853); Indalecio (1855); Julián (1858); Juana (1861), o así lo deducimos ante la falta de nitidez en la transcripción y Manuel (1865).
José Artime Menéndez (1853), José de Sampedrín y Josefa Menéndez García (1853).
Una vez asentada, con la indispensable ayuda del censo de 1867, la raíz de la familia de hace más de doscientos años, viajemos en el tiempo hasta 1924. Esta fecha corresponde a otro registro censal y en él rescatamos al segundo hijo del matrimonio de Joaquín y Manuela: José (1853). Este hombre figura con 73 años, que evidencia un ligero y habitual desfase entre ambos censos. Aparece casado con Josefa Menéndez García (1853), originaria de Casa de Antón de Menende. Apreciación esta última que desvela una interrelación familiar que, se repetirá en la siguiente generación, tal y como veremos.
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| Fuente: Geli Artime. Censo de 1924. |
José, siguiendo las pautas laborales que parecen eternas, registra como profesión la de labrador. Y es el primer hombre de la familia que nos consta, reconocido en el pueblo con el sobrenombre que acompaña a esta familia, tal lo recuerda Marcelino: " A mi güelo todos los conocíen por Sampedrín, él era de casa, mi güela venía de afuera y moriría del llamado mal de moda".
En el resto del archivo municipal se enumeran los hijos de esta pareja, con la ausencia de Ramona, y Manuela, ya casada. Además se asienta a su nieta, María del Carmen, Carmina (1894), su esposo Ángel y el primogénito de ambos, Ramón (1923). El desglose de este registro se detalla a continuación:
Hijos:
-Ramón Artime Menéndez, quien figura con 39 años, casado con Adela (Casa El Tuertu) y de profesión labrador, aunque paradojas del destino, este le jugará una mala pasada lejos de la tierra que le proporcionaba el sustento: Se ahogará, en fecha imprecisa, cuando faenaba en un bote, en compañía de un miembro de Casa Capacha. Su hijo, el joven José Adela, ante esta vicisitud será recogido en la casa de sus abuelos. " Se crio en nuestra casa, como uno más".
-María, (1887).
-Josefa, (1890).
-Manuela, (1884) no figura en este listado familiar por haber contraído nupcias con el celebérrimo José Menéndez Artime, conocido en el pueblo como "José de Antón de Menénde". Ambos eran primos carnales, ya que el padre de él y la madre de ella eran hermanos.
Este hombre fue toda una institución en la localidad (como se verá en próximos capítulos) y todos los miembros de la Casa Sampedrín le llamaban con gran afecto padrín (padrino).
-Habiendo repasado concienzudamente el listado parroquial, no pudimos reconocer a Ramona Sampedrín, a la postre, madre de Carmina, por lo que estimamos como error involuntario esta ausencia.
Tal y como se expuso, además de los hijos citados, en la unidad familiar nos consta la presencia del joven matrimonio compuesto por Ángel Rodríguez García (1890) y María del Carmen Artime Menéndez (1894), junto al hijo de ambos, Ramón de Sampedrín. Siendo esta cita la perfecta introducción para dar cuenta de un nuevo eslabón en la cadena familiar.
Ángel Rodríguez García (1890) y María del Carmen Artime Menéndez, Carmina ( 1894).
Los Sampedrín del siglo XX.
Este matrimonio y la participación de Ángel en el núcleo familiar de los Sampedrín, conllevó inevitablemente dos consecuencias silenciosas, pero muy importantes para el devenir familiar. A nivel biológico, un soplo de aire fresco que alejaba el fantasma de la endogamia, tan común en las áreas rurales; y también en contrapartida la desaparición definitiva de un ciclo dinástico al perderse, para siempre, un apellido tan nuestro como el Artime, en la siguientes generaciones.
Recordemos, aunque brevemente, la procedencia de Ángel, atendiendo a los testimonios familiares y de amigos. Así, una vez más, recurrimos a la impagable memoria de Arturo Artime, quien nos proporciona unos interesantes detalles: "Ángel, nació en Santolaya, en la llamada Casa Llorenzo y era el hermano de mi abuela Josefina. Y ella, nacida en 1918, no se acordaba de que viviera en casa, por lo que se debió casar pronto y marcharse a Antromero. Debía de ser el primero o segundo de los hermanos". Sus progenitores, como no podía ser de otro modo, eran labradores, y procedían de la parroquia gozoniega de Santa Eulalia de Nembro: " Su padre, Lorenzo Rodríguez Peláez (1877). Aunque en el censo de 1924 yerra en el segundo apellido, pues está registrado como Rodríguez. Su madre, Filomena Fernández (1878), moriría durante la llamada gripe española (1918), con 40 años y estando embarazada. En aquella casa familiar hizo estragos, pues morirían también dos hermanos de Ángel, Agripina y Cristino. Lorenzo, era nacido en Casa Cortizo, en el barrio de La Arena y su mujer, en la que se conocía , al menos hasta el siglo XIX, como Casa Ponteo".
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Fuente: Arturo Artime. Lorenzo Rodríguez, Llorienzo, posa con sus hijas.
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Fuente: Arturo Artime. Censo de Casa Llorienzo, en Santolaya. Año 1867. |
De aquel hombre, Lorenzo, Llorienzo, nos da más detalles su nieto Marcelino: "Mi abuelo paterno, era el que estaba en el Fielato de Luanco. Andaba por todes les cases, pesando gochos, contando el grano que había, el pienso y el maíz. El puesto donde estaba en la que ye ahora la Casa La Escribana, cerca de la plaza antigua de abastos, en Luanco".
Ángel, se casará con Carmina sobre el año 1923, y construirán una familia super-numerosa, de la que daremos detalle en el posterior epígrafe. De profesión labrador y ganadero, complementaba ingresos con el transporte de tiro animal: "Anduvo, con la pareja de vaques, carretando todo lo que hiciera falta. El caso era llevar alguna perra a casa. Transportaba la piedra de la cantera de Francisco y José La Salada, para el firme de la carretera. Carraos de madera del monte El Reyario. En aquella época, carretaben con él también Celesto Bolla, Víctor El Molín, el de Casa Miguel y también en Casa Menende".
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Fuente: Marcelino Rodríguez. Carmina y Ángel.
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La casería, era el tipo medio existente en el periodo pre-guerra por esta zona: " Había en la cuadra siempre entre seis y ocho vaques". Para su alimentación se recurría a la siega de la pación (hierba verde) y tenencia de la yerba (hierba seca): " Se segaba los praos que teníamos y otros que se llevaban (alquiler), aunque casi siempre había que comprar. Es que los tiempos cambiaron mucho, antes todo el mundo tenía vaques, poques o muches, pero todo el mundo tenía . Y la vianda era un tesoro".
La formalidad y compostura del progenitor, no pasará desapercibida para el entonces alcalde de Gozón, Joaquín Viña (1944-46), quien depositará su confianza en él, nombrándole alcalde pedáneo de Antromero. "Se reunía con el maestro y el cura en la Casa de Teresa La Mata". Lugar este, que era la vivienda del docente.
Su salud se volvió quebradiza, por una pandemia que asoló a la población del país, sin excepción de género o edad: la tisis. " Enfermó del pulmón y le trajeron inyecciones de penicilina de América, pero no había nada que hacer". Pese a las limitaciones que le imponía la enfermedad, nunca renunció a seguir disfrutando de su pasión, las vacas. " Cuando ya estaba muy enfermo, siendo nosotros unos guajes, le sacábamos de la cuadra a les vaques para que las viera, desde casa".
La muerte le cita en 1948. " Cuando murió, yo tenia 9 años. Aquello fue muy jodido para todos". Tocaba reinventarse y en ese empeño tendrá una relevancia primordial, su mujer Carmina. " Mi madre, que fue hija única, era la mujer más trabajadora que conocí. Todo lo que puedo decir sobre ella, ye bueno. Al quedar sin padre todos tan jóvenes, fue ella quien se hizo cargo de la casería: hacía todo lo de la casa y la cuadra. No había nada que se pusiera por delante. Era una máquina".
Las contingencias domésticas, eran cubiertas por el buen hacer y disposición de aquella mujer, de espíritu y fortaleza inquebrantable: " Cocinaba muy bien. Hacía alpargates con suela y todo; ropa para toda la familia; pantalones, vestidos. Repasaba los rotos, que no había maquina de coser que la igualara. Mi hermana Nemesia, heredó aquella habilidad que tenía mi madre con la aguja y el filo". Además de convertirse en referencia popular de las curaciones, tanto físicas como espirituales: "Ponía inyecciones, arreglaba a la gente que estaba abierta y pasaba el agua a animales y personas". Tras las consultas previas a vecinos y amigos, todos coinciden en la misma sentencia: " Carmina era una persona muy buena y válida". Pondría fin a su estancia entre nosotros en el año 1980, ya octogenaria.
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| Fuente: Cuca. Carmina Sampedrín. |
La prematura ausencia paterna, condiciona y moviliza a sus vástagos. " Cuando enfermó, todos tuvimos que aprender sobre la marcha, ¡No quedaba más remedio!. Pa cabruñar (afilar la guadaña), íbamos a Casa de Antón de Menende, pero algunas de las veces no había nadie, así que acabamos aprendiendo nosotros". Aprovechando los lazos familiares, se hacía uso de todas las oportunidades que se brindaban: " También nos tocó ir a buscar carbón a la mina de El Regueral. Teníamos un pariente que trabaja allí y nos daba sus vales". Aunque, y por encima de cualquier ayuda, sobresalía aquella unión familiar: " Todos los de casa trabayamos en todo lo que se necesitaba. Así se sacó adelante todo".
El engranaje laboral familiar se desarrolla con precisión milimétrica. " Mis tíes, que eren hermanes de mi güela Ramona, vendíen pescao; los hermanos empezaron a trabayar; más tarde apareció el ocle; y yo fui el que me quedé al final con la casería, pero trabayando en Gijón también". El reto de laborar a esta familia nunca fue obstáculo, convirtiéndose en una seña de identidad para todos sus miembros, sin excepción. La genética, al fin y al cabo, pocas veces da error.
(3). El alcalde pedáneo, fue una figura política de ámbito local, también llamado alcalde de barrio, que fue habitual durante la dictadura franquista. El hombre seleccionado (nunca mujer), ante la ausencia de elecciones, debía de tener plena confianza del alcalde del concejo, quien a su vez pedía informes de su ejemplaridad a la Delegación de Gobierno de Oviedo. Organismo este que aprobaba o no su nombramiento.
Hermanos de Casa Sampedrín. Hijos de Ángel y Carmina.
"La gran hora del parto, la más rotunda hora,
estallan los relojes sintiendo tú alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido".
Miguel Hernández.
Resulta imprescindible referenciar, con pequeñas pinceladas, la trayectoria vital de los hijos nacidos del matrimonio compuesto por Ángel Rodríguez y Carmina Artime. Estamos ante una verdadera eclosión demográfica que se constata de manera irrefutable en las estadísticas familiares. El testimonio directo de Marcelino ilustra a la perfección el tamaño de este árbol genealógico: "Mis padres tuvieron 18 hijos y 6 de ellos murieron, además de algún aborto". Un balance numérico impactante, que entrelaza la asombrosa capacidad de supervivencia de la unidad familiar con las inevitables pérdidas que, lamentablemente, eran habituales en los hogares de la época.
Ramón Rodríguez Artime. El primogénito de los nueve hijos que vivieron del matrimonio entre Ángel Rodríguez y Carmen Artime, nace al año de formalizar pareja sus padres, en 1924. De aquella secuencia vital, Cuca hace un interesante apunte: "Murieron cuatro hermanos. Uno de ellos, Santiago, era del mi tiempo. Nacido entre Ángel y Mari".
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Fuente: Cuca . Ramón de Sampedrín y Josefa. |
Hombre con unas grandes facultades físicas, sabía lo que era faenar duro, plantando cara a la fatiga, tal lo detalla Ángel: " Mi padre trabajó en Aboño, con Alfonso El Civil, cargando carbón durante bastante tiempo. Un trabajo muy jodido. También luchó lo suyo en la mina del Regueral. Y ya años después, pasaría al mundo de las fábricas de conserva: primero en la de Herrero, y cuando esta desapareció en la de Albo. Allí estuvo hasta que se retiró. Fue una persona muy querida y cumplidora en el trabajo". La evidente manifestación de aquel aprecio, se manifestó en sus honras fúnebres. "En su funeral los jefazos de la fábrica estuvieron presentes".
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Fuente: Elvira. Ramón a la derecha, posa junto a Pablo Herrero (propietario de la fábrica de conservas con el mismo nombre), en La Granda. |
Maruja. Formó familia con Alfonso, que era de Perlora (La Braña) y a su vez hermano de Carmen La Peñona, Luisa y Luz de Casa Norte, todas ellas vecinas de Antromero. Sin hijos, aunque tutelaría a la hija de Filomena, Isabel. Trabajó en Ojeda (Candás).
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| Fuente: Cuca. Maruja y Alfonso. |
Filomena. Se casó en dos ocasiones. El primer marido fue Manolo Fayes. Y más tarde, con Rafael, que moriría en un accidente en ENSIDESA. Una hija, Isa. Trabajó en la fábrica de conservas Herrero (Candás).
Josefina. Se unió en matrimonio con el candasín , Joaquín, Joaco. Muy aficionado a la música, formaría parte de la Banda de Música de Candás. Trabajó en la fábrica conservera de Remo (Candás). Tres hijos y cuatro nietos.
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| Fuente: Cuca. Juaco, Josefina y su hija María del Mar. |
Carmen. Casada con Paco. Trabajó en Ojeda (Candás). Un hijo.
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| Fuente: Cuca. Carmen y Paco. |
Falina. Se casó con el candasín José Artime, El Chato, formando familia y casería en La Granda. Tres vástagos y tres nietos. Sus inicios laborales fueron en la fábrica de conservas Herrero, acabando de asistenta en la casa de los dueños. Su hijo Matías hace una breve semblanza de su carácter. "Mi madre era lo contrario que mi padre. Eran como la luna y el sol. Tenía muy mala ostia y era la compensación y equilibrio perfecto para su marido, José. Siempre la conocí con el píe descalzo, porque todo lo arreglaba con los fíos con la alpargata. Siempre con la alpargata en la mano".
Fue la que decidió poner fin a la actividad de la casería familiar en La Granda, tras el totum revolutum que sacudió el mundo agro-ganadero con la integración en la U.E. "Cuando cumplí cuarenta años, apareció el dilema de seguir o no con la casería. En aquel momento teníamos 17 cabeces de ganao, les vaques todes de leche. Para continuar había que hipotecar todo, para comprar maquinaria y hacer una nave, para ir con los nuevos tiempos. Mi madre tomó la decisión de poner punto y final. Buscó trabajo a sus hijos varones y con ello murió tantos años de sacrificio y faena".
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| Fuente: Matías Artime. Rafaela Rodríguez y José Artime. |
Nemesia. Trabajó de redera en el muelle de Candás. Casada con el candasín Saturno. Dos hijos y dos nietos.
Angelita. Casada con Laureano. Trabajó en el restaurante El Cubano, cuyo titular era su esposo. Dos hijos y un nieto. Una artista con el dedal y la aguja. "Venía gente a casa a aprender, una de elles fue Carmen María, la fia de María La Maestra".
Marcelino. Casado con la ovetense Mari. "La mi mujer tenía familia en el Alto el Monte. Su güelo era hermano de Joaco El Menudo". Dejó su confortable trabajo de secretaria en la capital, para formar familia al lado de la mar. Cuatro hijos y nueve nietos.
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| Fuente: Cuca. Mari y Marcelino. |
Pepe. Trabajó en ENSIDESA, Casado con Marifina, de Bocines, de la casa de Alberto El Prao. Cinco hijos y siete nietos. Estos dos últimos hermanos, eran inseparables, tanto fue su apego, que tenían un mote adjudicado por su querencia, "Los gemelos".
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| Fuente: Cuca. Pepe y Marifina. |
Manolo. Casado en Candás, con Lucita. Trabajó en los astilleros de La Constructora (Gijón). Dos hijos y cuatro nietos.
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| Fuente: Cuca. De derecha a izquierda: Lucita, Manolo y Alfonso. |
Pili. Contrajo nupcias con Carlos, de la Carnicería Prieto, en Candás. Trabajó en los comedores del Instituto de Candás, coincidiendo algún tiempo con su hermana Maruja. Dos hijos y un nieto.
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| Fuente: Cuca. A la izquierda Carlos y Pili. |
Un análisis sociológico de la evolución en la constitución familiar de los sampedrinos, revela una marcada tendencia hacia la exogamia, caracterizada por la búsqueda de parejas y empleo en el vecino concejo de Carreño. Este fenómeno, identificable en numerosas unidades familiares antromerinas, presenta un sesgo de género muy definido: son las mujeres quienes optan en su totalidad por esta movilidad geográfica y social (salvo Carmina, su marido Paco era andaluz, aunque antromerín de adopción). Por el contrario, los varones tienden al arraigo local buscando pareja en el mismo concejo (Ramón y Pepe), con la excepción de Marcelino en Oviedo, mientras que Manolo, repite la conducta de sus hermanas. Este flujo relacional, asegura la diversificación del linaje familiar y previene la endogamia histórica, muy acentuada en el pasado.
Muyeres con remango.
"Una casa llevántase
coles manes de les muyeres,
manes que trespasen el milagru
del pan toles mañanes".
Berta Piñán.
En el mundo de la historiografía, hay un eterno debate sobre la importancia de la mujer en la sociedad rural de estas tierras, llamado el "matriarcado asturiano". Esta controversia se alimenta desde tiempos muy lejanos, nacida en los escritos dejados por un geógrafo romano, Estrabón, de eso hace ya 2000 años. En sus manuscritos afirmaba que en aquellas remotas sociedades astures, era la mujer el pegamento familiar, pues ella heredaba y concedía las dotes a sus hermanos varones.
En apariencia, los tiempos han cambiado y se puede llegar a pensar que la historia de la Asturias rural se forjó con el brazo del hombre. Quienes hemos vivido en estas sociedades tipo, sabemos que eso no se ajusta a verdad. En todas las casas, el varón expone, pero finalmente se hacen las cosas que dice la mujer.
La participación de la fémina ha sido determinante en unos tiempos de escasos recursos y en los que el mañana no existía, ni tan siquiera se le esperaba. Un escenario este, donde el gobierno de la economía familiar no era importante, sino fundamental. La participación de todos quienes configuraban la casa se volvía obligada: hombres que trabajaron la tierra y lucharon en la mar, guajes que no pudieron disfrutar de la infancia y una estirpe de mujeres con cuya iniciativa y resiliencia mantuvieron encendido el llar, estirando cada céntimo con una maestría envidiable, para desafiar a la amenazante miseria.
En este escenario, la familia Sampedrín siempre se distinguió por contar con muyeres con remango. Algunas de las cuales se incorporaron por vía política y no sanguínea, pero que reflejaron el mismo coraje envidiable de la genética del clan que las acogía. Así, las hermanas de la matriarca Ramona, fueron un claro ejemplo de ello. " En casa vivíen dos hermanes de mi güela, que eren solteres. Nosotros llamábamosles tíes, aunque lo eren de mi madre. Vendíen pescao".
Tenían un puesto de venta en la antigua plaza de abastos de Luanco, sita en las proximidades La Ribera y que uno de nuestros convecinos, Menéndez El Roxín, en su tardo-infancia, ayudó a consolidar sus cimientos con el transporte en chalana de bolos (cantos rodados), desde el pedreo de Gargantera.
El protocolo para adquirir la materia prima, dependía de la época y sus capturas. "El pescao lo iban a buscar a Avilés. Los barcos entraban a las siete de la tarde mas o menos y allí tenían el contacto con un mayorista. Luego lo llevaban en el tren Carreño hasta Candás y nosotros íbamos a buscarlas con el caballo y la xarré". El estado de aquellas carreteras hacía del transporte una aventura. "Había que traerlo con mucho cuidao para no machacarlo, porque solo había baches. Siempre entre hielo. Cuando llegábamos a Antromero, se dejaba en Casa de Antón de Menénde". Al amanecer se continuaba con la faena. " A primera hora se volvía a cargar y camino de Luanco, para la plaza".
Ritual este sujeto siempre al pescado de altura. "En Luanco, solo vendían lo de los barcos de arrastre, piezas grandes". Otras especies capturadas en bajura, como la sardina o la parrocha se compraba en los muelles locales. " La sardina y el pescao menudo se compraba en la Rula de Candás y se vendía por las calles y por todos los sitios. El caso era vender y cuanto más rápido, mejor. Siempre cantando "sardines freeeesques", con la paxa en la cabeza. Mi hermana Maruja iba muches veces con elles, cuando era rapacina". No siempre existía la transacción monetaria en la que se ajustaba la venta, convirtiéndose en eficaz y primitiva permuta. "Muches veces cambiaben les sardines por fariña".
En nuestro pueblo, soldado por lazos irrenunciables con la mar, siempre hubo una vinculación directa con les muyeres de la paxa. Así lo testimonia, María del Rosario Muñiz Menéndez: "De niña oía contar como mujeres iban con la paxa en la cabeza, cargada de pescado. Creo que eran antepasados de Casa Arenes y de Casa Sampedrín, mujeres que ya no conocí. Algunas cruzaban a vender hacía el interior y Oviedo, atravesando en monte Areo (4)". La última superviviente en Antromero de aquel comercio ambulante fue Benigna Artime, quien mantuvo viva esta tradición hasta bien entrada la década de los ochenta.
Con ese peso descomunal en la cabeza, mal calzadas y alimentadas, transportaban a lo largo de kilómetros aquel lastre, vendiendo puerta a puerta, casería a casería, anunciando su llegada con aquel famoso soniquete, cantado a grito pelao. Era su mejor e inconfundible tarjeta de presentación.
Con la llegada de la canícula que anunciaba el verano, la ayuda a la economía doméstica se complementaba con otro tipo de actividad menos física. "Por el verano, vendíen avellanes. Iban en tren por el Musel hasta Gijón para comprarlas y en Aboño ya cogían el tranvía. Alguna vez me tocó ir con elles a hacer esa compra. Después les tostaben en el forno que había detrás de casa, donde ese hacían les boroñes y después para venderlas por les romeríes de la contorna". Fueron con plena certeza, unas mujeres populares y reconocidas, pues la figura de la "avellanera" era uno de los iconos en el paisaje festivo de entonces.
De ellas, Marcelino recuerda algunos retazos: " Mi tía Josefa era muy guapa, muy salada. Era la más joven. Manuela casose en Casa Antón de Menende, con José Menéndez Artime. A este hombre, en casa todos lo llamábamos, el padrín. Era el padrino de todos , porque era muy buena gente. Una de elles murió cuando estaba haciendo la mili, sería por el año 61, más o menos". Aunque en esta confidencia, se subraya aquel carácter corajudo para afrontar la vida, reinventándose para afrontar los retos de la vida: " Mucho trabayaron. En todo lo que podían. En casa, en la tierra, vendiendo. Llegaron a trabayar en el Sanatorio". Dictando sentencia concluyente: "Ya no hay gente así".
(4). Les muyeres de la paxa que orientaban sus ventas hacia el interior, salían al caer la tarde cargando sobre sus cabezas las paxas llenas de pescado fresco. El Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, patrona de Carreño, en el Fondo Guimarán, era la parada obligatoria para descansar y rezar. Esta virgen era la patrona de los marineros del concejo carreñense y era un motivo este añadido, para encomendarse a ella para soportar el duro trayecto y asegurar una buena venta. En 1959, el Papa Juan XXIII, canonizó a la Virgen de los Remedios, adquiriendo el mismo rango litúrgico y devocional que la Cueva de la Santina de Covadonga.
Los pioneros en una revolución económica.
"Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar".
Antonio Machado.
En el albor de la década de los años 50 del pasado siglo, con un régimen aislado internacionalmente, las carencias de la población en todo el territorio nacional son acuciantes. Aquella economía autárquica que los voceros oficiales anunciaban, no surtía efecto, mientras las necesidades se multiplicaban exponencialmente. Y ante ese paisaje tan sombrío, en el año 1951, se va a producir un "milagro financiero" en prácticamente todas las economías domésticas de los pueblos costeros, a la sombra del Cabo Peñas.
La compra del ocle (Gelidium sesquipedale), a través de la empresa Hispanagar, fundada un año antes, abrirá unas expectativas jamás vistas en este entorno. Para ello, la figura de Antonio Valdés Inclán, como representante de los intereses de aquel emprendimiento, será la piedra angular al convertirse en el promotor de una actividad de recogida, contemplada hasta entonces como abono de las tierras.
El matrimonio compuesto por Marcelo Artime y Benigna Reixidorio, conseguirán la exclusividad de compra en esta zona. Concesión administrativa, sujeta a condiciones específicas para evitar, entre otras cosas, la especulación, competencias desleales y garantizando control de precios. El intervencionismo estatal en la economía, era un hecho que se manifestaba en el día a día.
Las reticencias iniciales de los vecinos, son vencidas con el tesón e inteligencia natural de Benigna. Sería su empeño determinante, a la hora de persuadir y formar a los indecisos para aquella tarea que marcó el devenir económico de Antromero, tal y como detalla Manolo Robés: " Al principio la gente no estaba mucho por la labor. No se sabía bien lo que iban a pedir, ni las condiciones. Por eso, sería la mujer de Marcelo, quien visitaría a la gente de Casa Sampedrín. Ahí empezó todo. Al poco tiempo casi todo Antromero ya iba al ocle".
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Fuente: Tito Les Moranes. Al ocle, en El Castillo, José, hijo de Ramón de Sampedrín el primero por la derecha. |
Aunque siguiendo las pautas históricas, nos sentimos obligados a recordar que la alga seleccionada inicialmente para su comercialización no fue el ocle, sino la variedad de Fucus spiralis (5). Aquellos comienzos experimentales fueron acompañados de protocolos, que hoy serían considerados extravagantes. Así, Marcelino Sampedrín, testimonia: " Fuimos al ocle, como casi todos. Aquello fue la mayor riqueza que hubo en el pueblo. Y se pudo demostrar de como mejoraron las cosas: se arreglaron casas, compraron coches, gente que pudo estudiar. Y aunque la gente no se acuerde, el primer ocle que se cogió no fue el que ahora se va a buscar. Aquel era el que tenía bultos y que ye de color verdoso". Nuestro declarante, tal y como se expuso, se remite al Fucus Spiralis, que tenía una exigencia de secado, cuando menos extraña: " Y había que quemarlo para secarlo. Nosotros lo hacíamos en el forno de detrás de casa". Experiencia vistosa que no pasaba desapercibida al ingenio de algunos vecinos. " Una vez que lo estábamos quemando, estaba Robés, que dijo: " Me cagonlavergen y si ahora vien una ventolera, ¡quedáis sin nada!".
El desinterés, prácticamente no existe, y la mar siempre demanda algo a cambio de sus riquezas. "Pero detrás de todo eso no se puede olvidar el trabayo. Hores quitades al sueño, frío, moyadures, subir por les ribes cargaos como pollinos, tender, recoger rápido cuando llovía". Matizando que, finalmente el esfuerzo mereció la pena: " También ye verdá que cuentes veces tienes que trabayar lo mismo pa no sacar nada. ¡No habrá riqueza mayor en la historia de Antromero que el ocle!".
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Fuente: José Antonio González. Marifina, al ocle arrancao en El Picudel. |
Vinculado a esta actividad y al interés colaborativo de los miembros de esta familia, recogemos una historia de los años 80, teñida de dramatismo, pero con final feliz, tal lo detalla uno de sus protagonistas, Marcelino: " Estaba arando y vinieron a buscarme por si pudiera subir un carro de ocle en la playa. Así que fui a aparejar el carro. Llegamos a la rampa y la marea subiendo con la mar muy gafa. Vino un ola y les vaques se asustaron y les arrastro el agua. Acababa de bajar del carro a mi fio Marce, que era pequeño. Fui con elles, mar pa dentro". Aquella iniciativa riesgosa y valiente, estuvo secundada poco tiempo después por familia y vecinos, que no dudaron en rescatar a aquellos animales. Su sobrino, Ángel Sampedrín, se tiró al agua y se subió al carro: "Libré de una muerte segura, porque Manolo El Chocolatín, me avisó que me apartara, que el carro se iba a estrellar contra las piedras".
La tragedia, se evitó con una maniobra acertada y la fidelidad de las reses a su amo. "Pude soltar el carro, y me agarré a la pareja (vacas), nadando con elles. Les daba órdenes y me obedecíen. Una hora luchando. Les pude amarrar una cuerda y desde la arena fueron tirando de elles hasta que logramos tomar tierra".
Minutos eternos teñidos de angustia, de lucha de un hombre y sus animales contra un destino aparentemente fatal: " No se jodió ni el carro. Les dos vaques estaben preñades y tampoco abortaron". Transcurrido medio siglo desde aquel incidente, grabado a fuego en la memoria colectiva, es inevitable una pregunta valorativa: "¿Lo volverías a hacer?". La respuesta rotunda, no requiere cavilación alguna, dada su inmediatez: " Si". Un testimonio más de la lealtad de un hombre hacia sus animales, quienes forman parte esencial de su identidad.
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Fuente: Cuca. De derecha a izquierda, Alfonso y Ángel de Sampedrín, junto a la pareja de vaques. Protagonistas de un suceso con final feliz. |
Una vez en casa, reconducir a la normalidad las cosas, tal lo revive Ángel: " Bajé a Casa Gloria (bar) a buscar dos botellas de vino blanco, una para cada vaca. Se las dieron de beber a morro y quedaron nuevas".
Hoy en franco retroceso, aquel ocle combinó el duro trabajo con la prosperidad, convirtiéndose durante décadas en un maná inesperado para nuestra gente. Una historia que en Antromero iniciaron los hombres y mujeres de Casa Sampedrín.
(5). Para mayor información, consultar el capítulo 15, dedicado en exclusiva a esta actividad desarrollada en el pueblo. Esta variedad de alga, se caracteriza por su color parduzco y una textura con bolsas rugosas, que al romperlas descubren una sustancia gelatinosa. Fue durante muchos años, referencia para recomponer torceduras y esguinces, tanto de animales como de personas, acompañada de agua marina en las pertinentes frotaciones.
Una referencia popular.
"Yo curo’l cancro, el sol polo alto,
la rabadilla caída y la fata colgada,
y non hai frayón nin curiosu nel mundu
que tustie les yerbes con mayor devoción".
Antón de Marirreguera.
A finales del siglo XIX, en Asturias había poco más de 200 médicos con titulación universitaria, para atender la demanda de unos 600.000 asturianos, concentrados en su mayoría en centros urbanos. Un número, a todas luces insuficiente para un modelo demográfico rural y disperso.
Carencia que trató de mitigar, unos años antes y sin éxito, la aprobación de la Ley de Sanidad de 1855. El desconfiado pueblo llano, recurría a la medicina natural y alternativa, tan antigua como el hombre, por dos motivos: su proximidad y coste. Figuras como los componedores, saludadores y curiosos superaban en credibilidad a los médicos titulados y ejercían, con la confianza depositada de sus vecinos, como el sistema de atención de salud en el entorno rural.
En Antromero, como en casi todos los sitios, había personas que de manera altruista aplicaban sus conocimientos, muchas veces heredados, en la "curación física y espiritual" de sus convecinos. Casa Sampedrín, fue un punto de encuentro y referencia para tales menesteres. Manolo Llaranes, referencia algunos de estos en nuestro entorno: "Tenía mucha fama, sobre todo para los animales Marcelo Rodríguez, Puño, que era de Condres. En Antromero, había gente curiosa en Casa Los Páxaros, Florina; en Casa Menéndez; Casa Posada y en Casa Sampedrín".
Para precisar con más detalle como se desarrollaban aquellas actividades curativas, recurrimos a uno de los miembros de la saga Sampedrín, Marcelino : "Mi güela Ramona y mi madre Carmina eren muy curioses para ayudar en los partos, para arreglar huesos. También pasaban el agua para el mal de ojo y hasta pusieron inyecciones". Tal y como resulta deducible: "Mi madre aprendió todo lo que sabía sobre aquello de mi güela. Seguramente ella lo hiciera de mi bisabuela". Confirmando el punto y final: " Con mi madre se acabó todo aquello. Ninguno de los fios aprendimos nada de aquello, con mi madre se acabó todo".
Aunque por encima de otras consideraciones a la hora de recomponer desajustes y lesiones físicas, les de Sampedrín eran un referente local, para tratar los efectos nocivos derivados de grandes esfuerzos: " Cuando les persones estaben abiertes (6), les medían con una cinta y con las manos trataban de llevar todo al sitio. Después los vendaban con fuerza. Ellas todo lo hacían con las manos, no había ni potingues, ni pomadas, ni nada".
Era habitual que mientras se iba practicando el proceso rehabilitador y de apriete (normalmente con sábanas viejas o paños largos) por parte de la curiosa, se declamara algún tipo de oración o conjuro, tal como este:
" Arcas caídas.
Espinillas o paletillas,
volver a vuestro llugar
como se vuelven
las olas de la mar".
En cambio, la curación espiritual, vinculada a "pasar el agua", aquelles muyeres de Casa Sampedrín no hacían distinción entre seres vivos: "Pasaben el agua para persones y animales". Detallando, una condición innegociable: " No iben a ninguna casa. Los que queríen pasar el agua teníen que venir a la nuestra".
El atrezo o utilería era escaso. "En casa tenían un corte de hueso, de un cuerno. Era muy liso, muy pulido, con un agujero en el medio. Lo metían en el agua y según iba cayendo, si le salía burbujas por ese agujero, era que se estaba agüeyao. Las burbujas eran los ojos, del que lo había agüeyao. Cuando pasaban el agua a les vaques y después de decir unes coses le echaba el agua por encima". Protocolo que difería con el animal de dos patas. "Al paisano con el agua le hacía una cruz en la frente y le daben de beber del agua".
Habiendo escuchado en boca de Marcelino el ceremonial empleado, este se ajusta a uno de los conjuros más empleados en la zona central asturiana. Vinculado, en este caso, a la figura de San Pedro y con la presencia de un trozo de cuerno (llamado popularmente "alicuerno/ alicornio"), quien confirmará el maleficio del afectado por el "agüeyamiento" (7).
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Fuente: Olga Fernández. Alicornio de Casa Menéndez. Objeto de más de 150 años de antigüedad y que se encuentra en un envidiable estado de conservación. Se puede observar el hilo de bramante original. |
En presencia del agüeyado se llenaba una pota de agua y se rezaba un credo, mientras con el alicornio se hacían cruces por encima. Al decir "su único hijo" en el rezo, se soltaba el trozo de cuerno y si salían burbujas ( siempre era así, por el agujero central que tenía), entonces el "paciente" estaba agüeyao. Aquellas burbujas, representaban los ojos de la envidiosa y autora del conjuro (casi siempre mujer).
Recurriendo a la colaboración del santo patrón en la resolución de aquel entuerto, se declamaba estos ripios, con referencia poética a los ojos:
"Agüeyaronte dos,
desagüeyente tres:
San Pedro, San Pablo
y el divino San Andrés".
Una vez cumplida con la obligada locución, se recogía un poco de aquella agua y se vertía sobre las piedras calientes del llar. Con el vapor desprendido, se declamaba la fórmula definitiva:
"Nin quemó l´agua
nin quemó'l sal
quemaron los güeyos
de quien te agüeyó".
El agua sobrante debía de ser bebido durante nueve días en ayunas, y en el caso de que el afectado fuera un animal, se hacían con aquel líquido cruces durante el mismo tiempo, y sobre el llombo del cuadrúpedo.
Aquella colaboración altruista, se completaba con otros servicios más vinculados a la medicina oficial. "Mi madre también ponía inyecciones". Los beneficiarios eran los vecinos circundantes. "Las ponía a quien se lo pedía. Muchas les puso a Juan Canales, que sufría de un asma tremendo. Cuantas veces el pobre paisano picaba de madrugada la puerta con la inyección y el alcohol en la mano, para aliviar aquel sufrimiento que tenía". Conocimientos que el devenir de los tiempos obligó a emplearlos en su marido. "Cuando mi padre enfermó, un hombre de Luanco, Verdú, trajo de América la penicilina para tratarlo, porque aquí no la había. Y era también mi madre quien las ponía. Casi seguro que fueron las primeras inyecciones de penicilina que se pusieron en Antromero. Años más tarde, mi cuñada Josefa trabajaría en su casa, asistiendo. Vivían en un chalé de la playa".
Tanto Carmen, como su madre, Ramona, fueron colaboradoras necesarias en la llegada de nuevas vidas. Sus habilidades como parteras han sido reconocidas por sinfín de vecinas. " Ayudaba en todos los partos, llamábenla pa ayudar a parir". ¡Cuantos nativos antromerinos pasaron por sus manos, en una época de gran crecimiento demográfico!.
En aquellos duros días de siglos pasados, cuando los inviernos convertían a les caleyes en pistas de barro impracticables y los médicos eran un lujo inalcanzable para nuestras gentes, la salud de los vecinos recaía en los hombros de unas personas pragmáticas e insobornables. Manos sabias y conocimiento heredado que atendían altruistamente a todo tipo de gente con la misma devoción que a los suyos. Lo hacían sin esperar nada a cambio, a sabiendas que el dolor ajeno nunca fue una mercancía. Un código de honor, jamás escrito fortalecía sus comportamientos. Esas mujeres de Casa Sampedrín, de manos desgastadas y generosidad infinita, han forjado parte de nuestra historia. Esta tierra que hoy pisamos sigue en deuda con su labor impagable.
(6). La expresión "estar abierto", se popularizó tras la sensación de quedar el cuerpo descoyuntado, casi siempre por un esfuerzo físico. Lo cierto es que tras esa exposición sintomática, pocas dudas albergaba para los curiosos.
(7). El "agüeyamiento" fue una creencia muy enraizada en las zonas rurales asturianas. Vinculada a la envidia, donde la autor/a del maleficio ( casi siempre una mujer), condena a la víctima a todo tipo de males.
El ferrador de Antromero.
"La ferradura ta fecha,
los clavos yá tán nel llar,
pero falta que'l ferrador,
la mula venga a ferrar".
Popular.
El ferrador, según el Diccionario de la Llingua Asturiana es, " la persona que tien como oficiu el poner les ferradures a les caballeríes o al ganao". Definición que no ofrece mayores dificultades de comprensión, pero por si fuera necesaria una mayor aclaración para el conocimiento de urbanitas, y gente que tiende a humanizar a los animales, sería el zapatero de algunos cuadrúpedos domésticos.
Habiendo repasado archivos y testimonios vecinales de esta noble y antaño imprescindible ocupación, no nos consta registro alguno de semejante actividad en el pueblo, hasta la llegada del carreñense Alfonso, fruto su presencia del matrimonio con Maruja Sampedrín. Hasta el momento, había que recurrir a los servicios prestados por otros ferradores foráneos.
Ante esa tesitura, los propietarios de los animales, acuciados por la imperiosa necesidad de recomponer las protecciones metálicas en las patas de aquellos, debían acercarlos a las fraguas y "potros"(8), dispuestos en otros puntos geográficos.
Inconveniente este, solventado con la paciencia campesina y las horas empleadas en idas y venidas. " Antes de que mi cuñao Alfonso ferrase, siempre llevábamos les vaques a Luanco, al suegro de Badiola, Paulino El Ferrador". En ocasiones, aquel tiempo de demora generado por la atención a otros clientes, proporcionaba a los más jóvenes una rentabilidad inesperada. "Algunes veces, Paulino dábate un duro por aguantar les pates de algún animal, casi siempre eren burros, que eren los más berracos, mientras esperabes el turno. Así que de vuelta a casa, veníes todo contento comiendo alguna llambionada".
Alfonso, con una actividad complementaria, romperá la dinámica histórica y proporciona un alivio y comodidad a los ganaderos del entorno. "Mi cuñao, tenía manos de plata. Trabajaba en La Constructora (astillero) en Gijón y era muy bueno. Un artista para hacer las proas de los barcos, no había nadie que le metiera mano. Cuando salía de trabajar en lo suyo, ferraba aquí, delante de casa. Sabía lo que hacía, porque aparte de ser muy curioso tenía mucho conocimiento. Le sobraban clientes".
El potro, ingenio fundamental, garantizaba la integridad del ferrador, inmovilizando al animal. " Estaba delante de casa, y era portátil, se podía mover". Los clientes variados y casi todos del entorno local, tenían una estrategia para tranquilizar a sus bestias domésticas: " Joaquina Anxelín, traía panoyes (mazorcas) de maíz pa entretener al burro, cuando venía a calzarlo. El burro, parecía que quería venir todos los días, de lo contento que estaba".
Aquella habilidad manual de Alfonso, surtió efecto entre algunos miembros de la familia: "A base de ver como trabajaba, siempre aprendíes. Y alguna vez, por compromiso y otres veces por confianza cortaba les uñes de los animales, pero sin cobrar nada. A Like, siempre lo atendía yo, porque había mucha amistad".
Con el cese voluntario de nuestro vecino, se puso punto final a una actividad necesaria en el mundo rural. Toda una premonición al incierto futuro que se avecinaba al mundo ganadero.
(8). El potro, era un ingenio para facilitar al ferrador su trabajo. El objetivo era inmovilizar, dentro de lo posible, los movimientos violentos de los animales, y facilitar la elevación de sus patas.
Tiempos nuevos, nuevos empleos.
"El mundo cambia, las cosas se transforman y pasan,
pero la memoria de la casa y de los que la habitaron
queda siempre en la mirada de los hijos".
Xuan Bello.
La elección del sustento familiar en las zonas rurales dependía del entorno geográfico. En un lugar como este, el socorrido recurso pasaba por dos opciones: el trabajo en la tierra o la tentadora alternativa de la mar. Poco que pensar.
Con la llegada del siglo XX, se va a potenciar una actividad industrial en toda Asturias muy importante, iniciada ya en la anterior centuria; la construcción naval industrial. Ante la creciente demanda de mano de obra por parte de los empresarios, este canto de sirena no pasó desapercibido en el mundo rural: muchos hijos de campesinos optaron por el empleo fabril, una alternativa que compaginaron con el mantenimiento y cuidado de la herencia familiar.
En 1900, comenzará la andadura de los astilleros "La Constructora", empresa ligada al desarrollo de la construcción naval en la franja oeste del litoral gijonés. Fue muy significativa tal actividad en su barrio de El Natahoyo, donde se llegaron a concentrar varias factorías destinadas a aquel uso. Será en la década de 1960, donde se alcanzará su pleno apogeo, con más de 6000 trabajadores contratados.
Esta empresa, marcará el devenir laboral y económico de muchas familias. Tal fue el caso de los Sampedrín, quienes aprovechando aquel reclamo coincidirán varios miembros en estas labores industriales, tal lo recuerda Marcelino (1939): " Allí trabajé con mi hermano Manolo, mis cuñados Paco, Alfonso y Laureano. Los astilleros dieron vida a mucha gente y familias. Aquello fue un ñero (nido) de riqueza". Aunque haciendo una necesaria aclaración: " Yo nunca dejé de trabayar en la casaría. Se trabajaba en un lado y otro y así se manteníen les siete, ocho vaques y la producción de les tierres".
Como tantos otros, inicia su andadura laboral con el paso previo del aprendizaje: " Fui a aprender el oficio de carpintero a Candás. Era el taller de Manuel Hevia, Manolo El Corchador, suegro de Jaime el de Belarmina, quien lo tenía junto a la iglesia. Conmigo fueron más de Antromero: Falo Basilio, Luis de la Granda, Manolo Balsera". Interrumpido este proceso por una obligación con el Estado: "Estuve allí hasta que marché pa a mili. En ese tiempo coincidimos de los cuatro hermanos varones, tres: Pepe, Manolo y yo. y todo eso siendo huerfanos de padre. Todos los que se presentaron en la caja de reclutas del entorno libraron de hacerla, menos nosotros. Así se hacíen les coses antes".
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A la derecha, Marcelino Sampedrín, acompañado de su sobrino Ángel y la esposa de este, Cuca. Todos grandes colaboradores para la confección de este capítulo. |
Después de aquella obligada pausa, su incorporación al mercado del trabajo: " Los astilleros, hasta que me tuve que retirar antes de tiempo por enfermedad, así son las cosas". Su sobrino Ángel, continuará con aquella tendencia familiar, vinculada a la construcción naval: " Empecé a trabajar siendo un crio, con catorce años. Era el año 1964 y ya estaba trabajando en los astilleros, después de la familia también fueron mi hermanos Ramón y mis tíos Marcelino, Manolo Alfonso, Paco y Laureano que era un jefe de la empresa". Lo peor el transporte, llegar hasta destino: " Siendo un rapacin, iba muerto de miedo por la carretera nadando hasta Candás, donde cogía el tren para ir a Gijón. Así que cuando coincidía con algún paisano del pueblo, veía a Dios".
Reconocemos aquellos temores, la ansiedad y nervios en un preadolescente, que empieza a descubrir el mundo de los adultos. " Con aquellos nervios, en el tren me mareaba de la que iba y de la que venía. Pasaría algún tiempo hasta que me fui adaptando. Reiterando aquella tendencia: "Como parte de la familia, trabajé en los astilleros y allí me retiré".
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| Fuente: Cuca. Ángel con la funda de La Constructora. |
El periplo vital de nuestro vecino, estuvo más vinculado a la familia troncal que a la de sus propios padres: "Debido a un problema de salud, fue mi güela quien tomó la decisión de que fuera a vivir con ellos. Y así me crié en aquella casa. También lo hizo José Adela, que el padre murió ahogado con uno de Casa Capacha, que estaba comprometido con Ludivina". Detallando aquella decisión: "Lo mío fue por un problema en la vista. En aquelles cocines antigues de leña, enredando con un hermano algo me saltó al ojo. Y como mi güela era muy curiosa para eso de las curas, tomó la decisión de llevarme para su casa y allí viví hasta que me casé".
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Fuente: Cuca. Manolo Sampedrín, observa a su sobrino Ángel a lomos de un pollino. |
Ángel Rodríguez, Sampedrin, aún mantiene aquellos antiguos hábitos de antepasados tan lejanos que le son desconocidos. Esos paseos largos, casi eternos, vinculados a la tierra que lo vio nacer, y que no deja de ser una representación moderna de la necesaria vigilancia del entorno. Y sus baños, cuasi diarios en la mar, en una comunión perfecta con el Cantábrico, el otro de los grandes pilares de subsistencia del pueblo.
Todos estos esbozos narrativos nos hablan de una familia que acoge, adopta y demuestra una hospitalidad y generosidad poco común. Fueron y son un claro exponente de aquella sentencia popular inequívoca, que demuestran valores en franco retroceso: " Donde comen dos, comen tres...y si son cuatro se añade más agua al caldo".
Durante siglos, nuestras familias supieron complementar las actividades derivadas de la mar y la tierra, tentando al tablero del clima y las exigencias del Cantábrico. Oficios tradicionales que eran el corazón y la vida de la casería y que en ocasiones no eran suficiente. La aparición de las industrias en zonas circundantes va a alumbrar a una figura exclusiva: el paisano pluriactivo.
Gentes que desafiaban a la salida del sol, para preparar la cuadra y poder llegar a tiempo a la fábrica o a los astilleros, en la búsqueda de un jornal fijo que la tierra no podía prometer. A la vuelta, aquellas duras y encallecidas manos volvían a lo cotidiano, a la pala y la fesoria (azada). Todo un reto para un cansancio perenne. Este exigente complemento proporcionaría un estudiado equilibrio para mitigar los sobresaltos y para no sucumbir a la necesidad. Los miembros de esta familia, así lo entendieron.
Ángel Rodríguez y Carmina Artime. Casa Sampedrín.
"Mio madre va faciéndose de nieve,
va perdiendo los pasos pelos cuartos,
escaeciendo los nomes de les coses...
Mio padre, que foi un home de fierro,
mira agora pa ella dende l’escañu
con unos güeyos blandos de ternura.
Y nós, los fíos, que un día fuimos páxaros,
volvemos a la solombra d’esta casa
pa curiar el silenciu qu’ellos dexen".
Berta Piñán.
Hay puntos de vista que, expuestos con la nitidez que destila el sentimiento, ensombrecen a cualquier texto académico. No hay mejor forma de rendir homenaje que recurrir a la sangre de su misma sangre. El amor y el respeto no entienden de artificios, sino de palabras directas, ajenas a revestimientos barrocos. Contar con la colaboración de Marcelino Rodríguez Artime (uno de los antepenúltimos eslabones de esta familia) para rendir esta obligada pleitesía, es un lujo que no vamos a desaprovechar. Él nos regala una breve y necesaria semblanza de sus abuelos y de los últimos ocupantes de la casa familiar: sus padres.
"Ángel Rodríguez y Carmina Artime se casan en la primera década del siglo XX y van a llenar de hijos la tierra de Antromero. Sus dieciocho vástagos así lo avalan, en una época en la que las familias numerosas era lo más común. Forman el típico matrimonio que se dedican para el mantenimiento de la economía familiar a las actividades propias del campo. El cultivar las tierras y la cría del ganado son sus prioridades, que complementan con la recogida de ocle. Inicialmente como potente fertilizante y años después para su venta.
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Fuente: Marcelino Rodríguez. Ángel y Carmina.
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Mi abuelo Ángel, durante algún tiempo ejerció como alcalde pedáneo, siendo este un cargo sin remuneración alguna y de plena confianza del alcalde del concejo.
Carmina, mi abuela, heredó de su madre Ramona unas capacidades entonces muy apreciadas por los pueblos y aldeas, dada la ausencia de servicio sanitario alguno. Ella era muy "curiosa" para los partos, ejerciendo de comadrona, allá donde se la requería. Ponía inyecciones y eliminaba enfermedades generadas por el mal de ojo y las envidias. Fue una de las pocas mujeres que en aquellos años "pasaban el agua" en Antromero.
Pero sobre todo se le apreciaba especialmente por sus conocimientos para recomponer males derivados casi siempre por los esfuerzos físicos, tan obligados en unos duros tiempos. Era cuando se decía que se estaba "abierto". Aquellos afectados venían a casa y el protocolo a seguir siempre era el mismo: Se le medía a lo largo y ancho, buscando la gravedad del desajuste, y sin ungüentos ni nada que se le pareciera, con sus manos trataba de recomponer aquel cuerpo descompensado. Finalmente se le fijaba con varias vueltas de tela, para mantener en su sitio el buen hacer de Carmina.
De todos sus hijos, nadie heredó aquellos dones, probablemente por el desinterés provocado por la celeridad de unos nuevos tiempos que ya requerían otro tipo de procedimientos. En cambio, si heredaron el amor por la tierra y los animales. A todos les gustaba el "ganao", siendo el ejemplo más notable y visible, su hijo político Alfonso, quien desempeñó con prestigio las labores de "ferrador" en este pueblo, durante muchos años. Aquel lugar de trabajo lo desarrollaría durante años en la casería familiar, calzando con maestría y profesionalidad todo tipo de animales. Su cuñado Marcelino, continuaría durante algún tiempo esa faena, de manera altruista entre familiares y amigos.
Los miembros de la familia Sampedrín fueron de naturaleza emprendedora, una tías de mi abuela, Ramona, Carmina y Josefa fueron pescaderas durante los últimos años del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Vendían por donde podían, cargadas con una paxa en la cabeza, cuando no lo hacían en su puesto de la plaza de Luanco. Las faenas por naturaleza eran dudas y sacrificadas.
Para completar ventas compraban avellanas en Gijón y luego las tostaban en el "forno" de la casería, para venderlas después por todas las romerías del contorno. Fueron seguramente uno de los elementos fijos en aquellas fiestas populares, en nuestra comarca.
En aquella casa originaria, quedó Marcelino Rodríguez Artime, donde formaría familia con Carmen García Artime, natural de Oviedo y con familia en el Alto el Monte. Ella abandonaría su puesto de secretaria y se dedicará en cuerpo y alma a cuidar a sus cuatro hijos y el ganado.
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| Fuente: Marcelino Rodríguez. Marcelino y Carmen con su prole. |
Marcelino, trabajará en Astilleros Juliana Constructora Gijonesa y por la tarde continuaría la faena con las seis o siete cabezas de ganado que habitualmente había en la cuadra. Actualmente disfrutan de nueve nietos y un bisnieto".
Marcelino Rodríguez.
Ramón Rodríguez Artime, Sampedrín y Josefa Morán Fernández.
"Madre, la tierra es dura y el pan es corto,
pero en la casa vieja sigue el fuego".
Alfonso Camín.
Fieles al legado de sus progenitores, Ramón de Sampedrín y su esposa Josefa, sacaron adelante una copiosa prole, un hecho ya singular en los años de la posguerra. Como trabajadores intachables, ambos conocían de primera mano el sacrificio necesario para dar impulso a la vida y los sinsabores del día a día, siempre mitigados por el respeto y la fidelidad de unos hijos ejemplares. A través del testimonio de uno de ellos, Ángel, esbozamos la semblanza de aquellos héroes , aunque ajenos a la historia oficial, nos llenan de orgullo y gratitud por haber sido pieza clave en la construcción de este pueblo.
"Ramón nació en la víspera del día de Reyes del año 1924 y Josefa el día de San José de 1924. Su historia en común empieza el día 10 de marzo de 1947, cuando contraen matrimonio en la Iglesia de Santa María de Luanco y se trasladan a Antromero dispuestos a empezar una vida en común.
No tardan en llegar los hijos. En total tuvieron doce, de los cuales cuatro murieron, tres de ellos antes de cumplir los dos años: Ramón, Ángel, Mari, Amaro, Martín, José, Ana, Marcelo y Belén.
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| Fuente : Rubén Rodríguez. Josefa y Ramón. |
Para criar a semejante prole, ambos tuvieron que emplearse a fondo y trabajar sin descanso. Ramón compaginó el trabajo en la casería familiar (se había quedado huérfano de padre muy joven y en casa necesitaban su ayuda), con trabajos primero en la antigua mina de hierro de Llumeres, en la mina del Regueral, para pasar después a la fábrica de conservas Herrero, acabando su vida profesional en Conservas Albo , en Candás. Siempre montando una bicicleta de hierro que pesaba, y mucho, pero no tanto como su voluntad.
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Fuente: Cuca. Familia de Ramón de Sampedrín en la celebración de la boda de su hijo Marcelino, con Eva. (1988). |
La capacidad de organización y trabajo de Josefa no se quedaba a la zaga, ya que consiguió, sin ninguna ayuda, lo que hoy en día sería impensable: sacar adelante a una familia numerosa, llevar una casa y por si esto fuera poco, trabajar en los veranos para ayudar a la economía familiar.
Se empleó como cocinera en el antiguo hospicio de Antromero (actual Proyecto Hombre) y trabajó como operaria en varias fábricas conserveras de la localidad de Luanco. Ambos, junto con algunos de sus hijos, se dedicaron a la recogida de ocle durante algunas temporadas para poder sacar un extra y ayudar en la construcción de la casa familiar que aún hoy se conserva.
Después de semejante aventura, ambos disfrutaron, aunque por poco tiempo, del merecido descanso y tranquilidad del que sabe que ha hecho su tarea satisfactoriamente
Ángel Rodríguez.
Conclusiones.
La historia de Casa Sampedrín, no es una crónica ligada a nombres registrados con letras doradas en documentos regios y nobles, sino es el relato vivo del esfuerzo y superación por vencer a esa lucha desigual con la que te reta el día a día.
Es esta la narración de una estirpe ligada para siempre a la tierra que los vio nacer. Labradores y ganaderos, que supieron con su oficio y buenas artes mantener el latido familiar y desafiar a las imposiciones del destino.
Volviendo la vista atrás, podremos comprobar como condicionaron el tejido demográfico de la parroquia, con aquella sucesión de vidas que brotan, se entrelazan y transforman el paisaje poblacional. Serán las mujeres, como Ramona, Carmina y sus tías, las que tendrán un papel protagonista, tejiendo con su lucha y esfuerzo una red lo suficientemente sólida para mantener a la familia. Hoy, podemos sentirnos orgullosos de que las huellas de sus pasos, ya eternas, no se borrarán, y que su recuerdo ya forma parte de la historia común de la parroquia.
El sobrenombre que acompaña a este clan, pudo como tantos otros, desvanecerse para siempre. La esencia de la unión familiar, el arraigo a las raíces y la memoria de todos aquellos que levantaron este hogar sigue en pie, resonando como un eco, que aunque en ocasiones podría parecer diluirse, seguirá escuchándose con orgullo indisimulado entre todos los descendientes. Aquel refugio de complicidad y afecto que fue la morada familiar, es el mejor ejemplo del pacto con el pasado y presente para mantener vivo el recuerdo de los suyos.
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