Capítulo 90. Coses y casos de cases. Casa Les Moranes. Parte VIII.

 




Fuente: María González. Ramón, el de La Rubia.
Patriarca de la familia Les Moranes.


Capítulo 90.

Coses y casos de cases.

Parte VIII.



Casa Les Moranes.



"Entonces, extiendes

las imágenes dentro de ti,

como si todavía pudieras vivir

cada una de ellas".

Blanca Luz Pulido.



Hablar de la familia tradicional asturiana es hablar de un pequeño microcosmos, vinculante al respeto de las costumbres y arraigados protocolos, aunque no siempre hubo un refugio sensato en los hogares  para  testimonios y testigos de la memoria familiar. Tan solo la historia transmitida entre generaciones, permitía un anclaje emocional. Relatos, que al fin y al cabo, daban a las familias un sentido del porque y de pertenencia. Una pertenencia construida con la solidez inspirada en la cadena interminable de imágenes, sacrificios, conocimientos y sucesos vividos. Padecidos en primera persona por los miembros de aquellos linajes, cuya hoja de ruta  llega hasta el origen de la humanidad, importando muy poco o nada el siglo o época vivida.


Las nuevas generaciones viven en la prisa permanente, priorizando la inmediatez  y la caducidad instantánea de cualquier narrativa. El "aquí y ahora", obliga a sus incondicionales al destierro del pasado, manifestando con su actuación el poco interés que pueda tener el ayer, al que consideran irrelevante o caduco. Perdidos en esta  inconsciencia que aboca al abandono, este último con toda seguridad, será la causa de la fragilidad de los cimientos sobre el que edificaran su futuro y la pérdida definitiva de su identidad. 


Todo apunta y sin tentar a ninguna teoría conspirativa que  los recios poderes fácticos, quienes manejan los hilos del mundo, nos quieren alineados, despersonalizados y planos. Con la descreída dinámica social  actual les estamos facilitando el camino.


En esta lucha desigual, aportaremos nuestro granito de arena y recorreremos, una vez más, a través de recuerdos, los mimbres que se han ido entretejiendo con la fortaleza de los que saben lo que quieren, a la familia Les Moranes. Clan de personas que han afrontado con entereza y sacrificio el trasiego vital, exhibiendo como pocos la máxima : "la vida es lo que hacemos con ella". Todo un ejemplo y referente para una sociedad nihilista.





Vinculación toponímica y ubicación.



"Todo lo que existe proviene

 necesariamente de una cosa".

Platón.


Les Moranes, nombre de esta familia de referencia, es un barrio de Antromero, que en su conjunto  forma una quintana y  cuya disposición física está perfectamente calculada: todas las viviendas, junto alguna edificación accesoria, alineadas al sudoeste y a su frente otros levantamientos complementarios, vinculantes a actividades agro-ganaderas. Esta estratégica ubicación en la parte superior del suave anticlinal, aquel  que agrupa al primer  núcleo del pueblo que se aprecia desde Piñeres, no es casual. Refugio privilegiado ante  los desmanes procedentes de la mar, en un pueblo de raíces bizarras y habitantes gallardos. 



Fuente: Google. En el recuadro, la quintana Les Moranes.
Situación estratégica en el contexto geográfico del pueblo. 


Si especulamos con el incierto origen de las palabras en ejercicio de animoso rastreo, podemos iniciar la aventura de su etimología y tratar de llegar a entender como y de que manera nacieron y se incorporaron a nuestro lenguaje. El topónimo "Les Moranes", nos ofrece más incertidumbres que certezas, y pese a ello, no desistimos en la exposición que al menos bien pudiera esclarecer u ofrecer algún atisbo de claridad. 


La lógica de  este topónimo apunta al  término "morán" o "morana", procedente del término latino "morum", esto es, mora, morera o zarzamora. Pese a esta aparente evidencia, surgen nuevas teorías que añaden más controversia a su origen defendiendo que su ascendencia es otra: " El barrio de Les Moranes, se llama así, porque hace muchos años había una familia que llamaben Los Morales. Y de ahí pudo venir el nombre".


Ante esta tesitura y la duda generada, recurramos a voces más doctas y así apagar las inquietudes que nos acechan. El doctor en Filología, Xulio Concepción Suarez, hace una matización partiendo de la misma raíz común, esto es, "mor_" y variando su sufijo de relación, aclara cualquiera de las exposiciones  barajadas con anterioridad. Siguiendo sus pautas académicas, si acabara en "_al", esto es, "moral/morales" (una de las posibilidades aportadas), mantendría su procedencia latina pero con un significado específico: "en relación con tierra de moras". En cambio, si variamos el sufijo a "_an", esto es, "morán", estaríamos hablando de : " cosa de color oscura, objeto moreno".


Acompañados por el desasosiego que luce cuando hace gala el desconocimiento, recurramos a la alternativa del saber heredado y popular, este  que representa el rico léxico asturiano. Atendiendo al mismo, el término "morán" o en su defecto "morana" se corresponde con la definición de "cereza menos dulce que la  normal", o bien, el lugar donde abundan estos árboles o matorrales que proporcionan dichos frutos. Tal y como se puede deducir, estamos hablando de los guindales (Prunus cesarus) y uno de los ilustres habitantes de esta quintana,  Basilio El Tercero, fortalece esta última tesis: " Siempre hubo muchos guindales, crecíen por todos los sitios". 


La exposición etimológica se orienta inevitablemente a cualquiera de las posibilidades aquí planteadas, y con un nexo común vinculado a la tierra y sus productos. Bien sea en forma de mora o guinda, de morera o guindales, este topónimo está enraizado en la profundidad de nuestra tierra, esa por la que tanto ha luchado esta familia de referencia antromerina, Les Moranes.




Unos viejos caminos y una polémica actual.



"Lo que antes era un sendero, 

ahora es Camino Real".

Marcial.



Retrocedamos al pasado, hurguemos en  documentación y viejos legajos, para buscar un enlace que llega a nuestros días, y que indirectamente ha involucionado  en  polémica local y doméstica. En 1763, Tomás López (1730-1802), cartógrafo y geógrafo, remite una serie de preguntas a las autoridades eclesiásticas de nuestra comunidad y del país, con el loable objetivo de evaluar y detallar a través del interrogatorio el estado socio-económico, circunstancias vinculadas a la población y  modus de vida. La encuesta enviada al cura de Luanco es extraviada por este, y las respuestas remitidas a el insigne estudioso se ajustaron más a la creatividad del eclesiástico que a la rigurosidad de la consulta dictada por aquel.


Por ello, y dada la fragmentación para reconstruir la historia, agudizada en la desidia demostrada por el cura de Luanco, recurrimos a nuestra condición de frontera geográfica entre ambos concejos. Así,  hemos sacado más réditos a los interrogatorios de Carreño que de nuestro propio municipio. En ocasiones, la alineación de los astros juegan en contra de los intereses colectivos, tal fue el caso. 


El sacerdote de Candás da cuenta, entre otros, del Camino Real de la costa (1): " ...se sale asimismo de Candás por otro Camino Real, y de carro que llaman de Rebolleres y es el propio de Candás a Luanco; este siguen hasta el río Pielgo que corre de poniente a levante, y desemboca en Antromero...". 


Este mismo clérigo, describe en lo que a nuestro provecho respecta, un segundo Camino Real, con paso por Antromero: " Por dicho Camino Real, caminando a Avilés, que dista dos leguas de Candás, por este camino se encuentra el lugar del Regueral, arrabal de Candás...". Pese a la aparente imprecisión y detalle (al no figurar en texto el nombre del pueblo), una posterior consulta a la cartografía anexa ("Croquis n. 8, correspondiente al concejo de Gozón"),  refleja  el paso de esta ruta por nuestras tierras.



Croquis cartográfico elaborado por Tomás López, en el año 1793,
donde de detalla el concejo de Gozón. Pese a la degradación de la 
tinta, se aprecia en la parte de la derecha los lindes de nuestra parroquia.




Sobre el mapa original, hemos resaltado con línea azul, los dos
Caminos Reales registrados a finales del siglo XVIII en Antromero.
El más próximo a la costa (parte superior) denominado: "Camino
Real Luanco a Candás". La línea inferior señala el "Camino Real
de Luanco a Piedeloro para Oviedo". La línea de puntos, nos 
recuerda los antiguos límites de la parroquia, antes de su última
segregación. Entonces, las fronteras del oeste llegaban hasta el 
río conocido por nuestros antepasados por La Maxuca (el que 
pasa por al antiguo matadero de Luanco).


La supremacía de estos planos o mapas a mano alzada, respecto a la información escrita es evidente. Pese a alguna imprecisión (visible especialmente en los límites costeros), se plasma la realidad física y la existencia de estas rutas sin duda alguna.


Estos Caminos Reales, habían sido reseñados unos años atrás, en el Censo del Marqués de la Ensenada (1753): "Los vecinos de la parroquia de Bocines tienen la obligación de mantener existente y transitables dos puentes, la una nombrada de el Pielgo y la otra nombrada reefoma (?). Puestas en los Caminos Reales, por donde transitan naturales y forasteros. Los que tienen un coste anualmente de quince reales de vellón". El mantenimiento de ambos puentes, corre a cargo de los vecinos en canon fijo anual, ante la imposibilidad de un impuesto de sisa o consumo (2). Es evidente, que en el texto se reafirma la presencia de dos Caminos Reales, tal y como se expuso.


Todos estos trayectos, cuyos usuarios gozaban de la protección del Rey, son recogidos por el insigne González Posada ( 1745-1831) como "caminos reales y usuales de los peregrinos en ruta a Santiago" y el propio Padre Risco en su monumental obra "España Sagrada" (Tomo XXXVII, año 1789),  los señala dentro del llamado "Camino de la costa asturiana" y en calidad de ramal del  mismo.


Así y tomando los datos expuestos, se puede llegar a una evidente conclusión: el denominado "Camino Real de Luanco a Piedeloro para Oviedo", transita en la proximidad de esta quintana de referencia, Les Moranes y en dirección al Rellario, camino de Bocines. Desde esta atalaya, los habitantes de esta quintana, pudieron visionar el trajín del comercio y   transeúntes que hacían uso de esta ruta, en una u otra dirección. 


En la actualidad, y aprovechando esta conjetura del trazado de  este histórico camino, se da paso a una decisión administrativa, desoyendo una vez más la voluntad popular, al tratar de sustituir el histórico nombre de este barrio (Les Moranes) por el del Camino Real. Arbitrariedad que genera malestar, confusión y controversia entre los moradores. Para nosotros, enemigos de posicionamientos impostados e impuestos,  siempre será Les Moranes, aunque la "oficialidad" quiera empeñarse en otra cosa.






(1). Los denominados Caminos Reales, fueron caminos por los que se podía circular libremente. Todas las personas y mercancías estaban protegidas por el Rey. En supuesto de asalto y robo a los usuarios de los mismos, podían acarrear a sus autores graves condenas que incluía la pena de muerte (en los casos más graves). Será a partir del siglo XV cuando empiezan a tomar forma este tipo de vías, algunas de las cuales aprovecharon los asientos de antiguos caminos. Estas calzadas no podían ser ni vendidas, ni invadidas por propietarios adyacentes y mucho menos empleadas como suelo agrícola. Durante el reinado de Carlos III (1716-1788), su número se  amplió considerablemente.

También conocidos popularmente como "camino de herradura", o "de rueda" al tener un pavimento más firme, empedrado  para facilitar el tránsito de animales y carromatos. En Antromero, aun se puede  apreciar un tramo que pasa al lado del antiguo Sanatorio Marítimo. 

El Camino Real de la costa, que transcurre por nuestro paraje, bien pudiera haberse forjado en una variante del antiguo Camino de Santiago de la Costa. En este caso los peregrinos menos duchos en orientación geográfica preferían la permanente visualización de la mar para evitar confusiones. 

(2). Los impuestos, tasas y pagos para el mantenimiento de infraestructuras ha sido una constante a lo largo de la edad moderna en este país. Felipe II, mantuvo un tributo, denominado de sisa,  para los usuarios del puente que atravesaba la ría de Avilés en su paso entre este concejo y Gozón y que llevaban consigo mercancías varias, quedando exento el pan o trigo. Suponemos que en el caso de los puentes antromerinos, las autoridades establecen un tributo fijo, evitando la presencia de funcionarios reales para cobrar este gravamen.





Lucia Les Moranes, testigo de excepción.



"La memoria no guarda películas,

guarda emociones".

Eduardo Galeano.



"Mi padre iba a la mar, sobre todo y cuando podía a la costera del bonito. Eren tiempos de fame y necesidad". Así comenzaba una exposición de recuerdos imperecederos de Lucía, recogidos por Mariola Artime en los años ochenta. Sabiduría, conocimiento e historias imperecederas, construidas para convertirse en vehículo de transmisión, edificadas en la memoria del corazón. Ajenas a la vanidad de las cronologías oficiales y vividas por una fémina con talento especial, que nos van a conducir inevitablemente a otros tiempos.


Mujer nacida en el año 1916, intervalo este plagado de incidentes socio-históricos. El mundo conoce la verdadera brutalidad  de la  I Guerra Mundial (donde los poderosos pusieron las armas y los pobres los muertos),  a la que se suma  la aparición de los primeros brotes de la llamada "gripe española" (3), con veinte millones  de víctimas en todo el planeta. Este mundo, manejado por los pudientes, saca las uñas a los más desfavorecidos, aquellos que forman parte del grueso de una población, que tienen por objetivo una infatigable obstinación por seguir viviendo, aunque sea a duras penas.



Fuente:  María González Artime. Lucía Les Moranes


Sus recuerdos de niñez y juventud, son una fuente de información y  tesoro que nos hacen viajar a otros tiempos, en los que primaban el duro y agotador trabajo: "Trabajar tanto valió para sobrevivir, pero no dio tiempo a vivir". Infancia salpicada por el esfuerzo y la convicción  de la necesidad del trabajo. " Fuimos ocho hermanos y mi padres murieron pronto, criándonos una tía ya muy mayor. Siempre trabayamos en casa, con dos o tres vacas, una burra, gallinas y conejos. En la tierra plantábase patates, fabes y mucho maíz. La faba de la granja que ahora todo el mundo quier, esa larga, casi no se plantaba. Y pa cuchar, que en les cuadres poco cucho había, íbamos a arrancar ocle y ramalotes a la ribera". Llegando a una conclusión indiscutible en el binomio tierra-mar: "Aquí, en Antromero, el que no cuchaba la tierra, era porque no quería o no tenía ganes de trabayar, teniendo la mar tan cerca".


La inquebrantable memoria, evoca a un pueblo mucho más pequeño que el actual, pero con gran actividad socio-económica: " Conocí unes 40 cases, y en Les Moranes estaben todes les de ahora, menos la de Fernando. Pero mirarases pa donde mirases, solo veías gente trabayando. Ahora hay más cases y menos gente que nunca".


Obligados nos sentimos, craso error sería lo contrario, a recorrer algunos episodios vinculados a sus evocaciones, salpicadas en ocasiones de curiosas anécdotas que no hacen otra cosa que facilitar el tránsito a otra época, vivida con la intensidad de una persona que ha tenido el coraje necesario para afrontar cualquier reto. Evitemos con su testimonio datos erróneos e impuestos y disfrutemos  nuevamente esta fórmula ya aplicada en anteriores capítulos, para viajar a un  pasado no demasiado lejano,  sin necesidad de mayor equipaje que la imaginación, pero con la necesaria guía de Lucía.


Caseríes.

Las caserías, eran unas unidades de producción necesarias en el desarrollo económico de cualquier comunidad rural. En la imaginería popular se enumeraban siguiendo un ranking, ajustado a apreciaciones  en función de ciertos parámetros. Tales eran el número de cabezas de ganado, propiedades y titularidad de la misma casería: " Las más potentes que conocí fueron la de Casa Norte, Casa Posada y la de Casa Artime. Nunca faltaron criáos que trabayaben pa elles. Pero por encima de todes estaba la de Casa Norte, teníen una riqueza muy grande: un comedor tremendo y guapo que no faltaba detalle, debajo teníen el llagar, un horro y una panera. Teníen perres y ficieron muches más prestándoles. A mi tocome dormir allí muches veces. Mi hermana Telvina trabayaba con ellos, limpiando y cocinando". La garantía de quien confía en su memoria, reivindica detalles que confirman exposiciones:" Acuérdome que había una habitación tremenda con cuatro cames y allí dormíamos todos los que trabajábamos, que éramos 8 o 9".


Socialización laboral.

Tal y como pueden atestiguar decenas de testimonios vecinales, había ciertas labores vinculadas a rutinas agrarias que a su finalización rompían  rigurosas normas de moralidad mal entendidas y peor interpretadas: " Les andeches (4)  más grandes eren les de La Piedra, también eren buenes les del Molín. Lo normal era que se juntasen trenta (treinta) persones. Después de trabayar dábente de comer tortilla, sardines y si había suerte un poco de chorizo. Pa beber agua y si pintaba algo de vino. Después con música o sin ella la gente bailaba. Gelía era muy animosa y bailaba el charlestón. Trabayar, trabayabase bien, pero cuando había que pasalo bien, también se pasaba".


También precisa otra de las actividades del otoño rural: " En les esfoyades (5), aquello era más de fiesta. Un día se iba pa una casa y al otro día a la otra. Después de terminar jugábamos a la suela, a las prendas. En les esfoyazes de La Piedra, venía mucha gente de afuera, de Carreño". Aclarando la duración y punto final de las mismas: " Podíen durar dos o tres días y el día del ramo de la esfoyada daben en muches cases galletes, sobre todo pa los rapacinos".



Fuente: María González Artime. Miembros de la familia Les
Moranes, en plena esfoyaza.


Tal y como hemos podido constatar, la recogida de frutos, de las cosechas, iban aparejadas de la necesaria labor y posterior recompensa a los colaboradores. Las castañas, que formaron parte de la dieta vital y necesaria  de nuestros antepasados, eran motivo de jornada festiva: "Había muchos amagüestos (6), que antes de la guerra algunes de les cases poníen hasta música con gramófono . Después eso cambió. En casa, cuandose hacían, aprovechábamos pa jugar mucho  los rapacinos. Era cuando más disfrutábamos".


Escuela.

La tierna infancia, es el periodo más importante de la formación del ser humano. Hay conceptos, formas y costumbres aprendidos durante este periodo que nos acompañarán hasta el último día de nuestra vida. La escolarización, enclave instructivo y objeto de batalla de cualquier sociedad civilizada, no siempre estuvo al alcance de todo el mundo. La presencia de la escuela nacional y gratuita en Antromero, tuvo que esperar algunos años después del nacimiento de nuestra protagonista, tal lo rescata de los recuerdos de su infancia: "No había ninguna escuela , era en la Capilla de San Pedro, y la maestra llamábase Perfeuta y había que pagar. Ella no tenía  titulo, pero enseñaba muy bien. Sumar, leer, escribir y poco más y después a correr por ahí. Era de suelo de bolos, y en la entrada había un banco de madera alrededor de les paredes, también  había dos ventanes que no eren muy grandes. Mientras soletreábamos, Perfeuta hacía mantes de aquelles tan antigues. A la hora de salir, muchos días teníamos que esperar  mucho tiempo porque los de Antón de Menéndez teníen un caballo muy malo, que no hacía otra cosa que correr alrededor de la iglesia y no nos dejaba marchar".



Fuente: Laudina Artime. Perfeuta, maestra maternal, posa en el
centro de la imagen, junto con más de 80 escolines y alguna madre,
en el exterior de la antigua capilla de San Pedro (derribada en 1969).
Sin poder precisar con seguridad la presencia de Lucía, alguna informante
indica como posibilidad que sea la tercera por la izquierda en la línea superior.


La llegada a través de Orden Ministerial de la escuela nacional al pueblo, cambiará rutinas y algunos protocolos educativos, aunque los primitivos medios empleados permanecerían algunos años más, entre los sufridos escolines: "Después pasaron la escuela pa La Flor, donde Casa Joaquín. A mi ya no me tocó, porque después de hacer la Primera Comunión ya me sacaron. Llevábamos una doctrina, un cacho de cartón y una pizarra de piedra. Los pizarrinos pa escribir íbamos a buscalos a la ribera de San Pedro. Afilábamoslos contra una piedra más dura y rodábamoslos pa hacer la forma redonda como un lápiz". 


Jugar.

Pese a todas las dificultades, trabas y escollos con los que la misma vida te recuerda el complejo  transito terrenal, siempre hubo un momento de asueto, de evasión en los años mozos en forma de juegos. En muchas ocasiones a escondidas de los tutores y padres,  donde se primaba más al encuentro entre amigos que al cumplimiento de las obligaciones. El juego formó y forma parte de la instrucción espiritual del ser humano. " Donde siempre parábamos era en La Saltadera, junto a Casa Pepín de Rosario, allí iben los homes y alguna mozuca a jugar. También delante de la Flor, en el Naranxal. Jugábamos al cascayo, soga y poco más y los mozos amarraben con un trapo una remolacha y jugaben a la pelota. Jugábase con lo poco que había. ¿Dónde estaben les muñeques, los cromos y tantes coses de ahora?".


Las relaciones sociales, el compadreo y amistades iban de la mano en aquel ocio limitado, pero efectivo: "Lo que si siempre se organizaba el ir a les fiestes y romeríes de alrededor. Éramos pandilles de 15 o 20. Íbamos a Bañugues, a San Bartuelo, Verdicio... ¡Qué se yo!". Aunque la inevitable selección formaba parte del encanto de la amistad más selecta y vinculante: "Yo siempre iba con les mismes: Josefa El Tuertu, Rosario Rosa, Esther. Un día, en una romería hicimos una foto y gastamos todes les perres en ella y luego tuvimos toda la tarde mirando unes pa otres como bobes, porque no teníamos nada pa gastar".


Fuente: Laudina Artime. . De izquierda a derecha.
Arriba: Desconocida, Paulina Anxelín, Lucia les Moranes.
Abajo: Generosa, Telvina Les Moranes y Marina Anxelín.
Años 40. Relaciones sociales y amistades imperecederas.


Carnaval.

El carnaval, ese viejo festejo popular enraizado en el paganismo,  encontró entre la sociedad un caldo de cultivo óptimo. Un vez que el hombre creyó, de una forma u otra, que su vida estaba sujeta a fuerzas sobrenaturales, se rindió ante esta celebración. Fiesta apta para la puntual desinhibición, fortalecida entre sarcasmos, burlas, ritos y mitos puso en jaque a las autoridades religiosas y políticas, llegando en algunos casos a su total prohibición, tal y como bien sabéis. " Antes de la guerra, antes de que tuviera prohibido, había baile de carnaval. Iba la gente joven disfrazada con lo que podía  y en Casa El Morrongo bailaba la gente. El disfraz hacíamoslo en casa. Había un pavo y quitábamos todes les plumes, ¡Quedaba el pavo tieso!. Si no tenía bastantes, íbamos a Casa La Pielora y, ¡Otro pavo sin plumes!. María, pensaba que el bicho taba poniéndose malo y nosotres muertes de risa". Pero, pese a la sensación transmitida por Lucía de libertad y ausencia de protocolo, nada más lejos de la realidad:" Eso si, a les 9 o 10 de la noche como muy tarde, había que estar en casa".


Baile.

Disfrutar del ocio es una válvula de escape para el bienestar del individuo, no siempre contemplada en  sociedades y civilizaciones humanas. Dedicar un tiempo, por breve que sea este, a actividades gratificantes para el cuerpo y espíritu mejora la calidad de vida, genera mayor creatividad, fomenta las relaciones sociales y rompe rutinas enquistadas en formas de actuar. Aunque exponer esta disquisición hace no tanto tiempo, podría representar, en el mejor de los casos una etiqueta de vago, maleante u holgazán.


El baile, un arte, cuando lo despliegan los elegidos y una necesidad social para los menos exigentes y dotados. "En Antromero, siempre me acuerdo de ver un baile. ¡Qué bien lo pasábamos bailando!. Había uno en la Flor y otro en Casa El Roxu. Pero este duró poco más después de acabar la guerra. En La Flor, tocaba una pianola el fio de Teresa La Mata, José, que llamaben Tadeo y no parecía-i muy bien. De vez en cuando venía alguna orquesta. También me tocó muches veces ver gaita y tambor. Otros días al acabar el baile, venía algún teatrillo que andaba actuando por alrededor, en Luanco o Candás. No era lo mismo, pero el caso era pasalo bien",


Bañarse.

Hay un punto de inflexión recurrente entre la mayoría de nuestros declarantes, que lo marca el conflicto bélico "incivil". No se trata de casualidad, el cambio de hábitos, de comportamientos fueron de obligado cumplimiento, desterrando estilos de vida habituales hasta la triste fecha referenciada. "Antes de la guerra la gente iba a bañarse a la playa. Pero bañarse y pa casa, nada de tomar el sol como ahora. ¿Quién tenía una toalla?. Si llevábamos un vestido vieyo como trajebaño y venía el agua y levantábanoslo y quedábamos en pulguina. Bastante teníamos con tar pendiente de aquello".


Romería. 

Nuevamente el testimonio y la información proporcionada, fortalece la tesis defendida con pasión por los vecinos respecto a la romería de San Pedro. Argumentos que  robustecen uno de los pilares de la cultura inmaterial del pueblo.



Fuente: María González. Icónica imagen del prao de nuestra
romería pre-guerra. Al fondo, la capilla, junto a dos vendedoras y el carrito 
de los dulces y helados. A la derecha un ingenio para el entretenimiento
y el grupo de romeros. Avelino Les Moranes, el que sobresale más en 
línea superior.


La fiesta da forma a la idiosincrasia de un lugar y sus gentes, a pesar de los inevitables  censores.  "Esta romería era la mejor de todes. Mejor que la de Perlora, donde vas parar. Un año trajeron una radio que fundía el misterio, era lo que había que hablar. Había muches barraques, y siempre tres o cuatro de afuera. Les de Antromero teníen casi todes el nombre del dueño. Les de Antonón y Tamón siempre vendíen mucho". 



Años 50.  Miembros de Casa Les Moranes.
Tito, Carmina y Cuca. Al menos se aprecia 
una barraca y una atracción, tras ellos.



Aquella dinámica festiva, rompía inevitablemente comportamientos domésticos y estereotipos fijados: " En casa los días de la fiesta siempre se comía un poco mejor, y había algo pa llamber como leche presa o arroz con leche. La romería duraba tres días y no veíes más que gente por todos los laos, merendando y comiendo por los praos. Pa alumbrar cuando era rapacina había una foguera en el centro del campo de San Pedro (romería)". No había distinción de edad en el tumulto festivo: "Aquello era tremendo, era el mayor entretenimiento de la gente, pasábase de maravilla y no solo había juventud. El año que mejor lo pasé fue con gente mayor".



Fuente: María González Artime. Joaquín
y Carmina Les Moranes, de romería.

Fuente: Laudina Artime. Avelino Les Moranes
 y Marina Anxelín.



Fuente: María González. Romería San Pedro. Carmina, segunda a la izquierda, 
en la línea de abajo. Se distinguen algunas féminas de Casa Anxelín.


El Cristo de Candás.

Alineados como estamos en el hilo  narrativo festivo, seguimos en el recordatorio de Lucía, quien subraya fechas sujetas al intermitente ocio y disfrute. El Cristo de Candás, concedía una prerrogativa puntual a sus devotos en el día de su celebración, respetada por todos los espectros y jerarquías sociales.  " En les fiestes del Cristo teníamos un poco más de libertad. Pa nosotros era como la fiesta del pueblo, todo el mundo iba, daba tanta alegría ver tanta gente camín de Candás, caminando por la carretera. Teníes que estar muy malo, pa no ir a aquella fiesta". Tiempos de estrecheces, que inevitablemente afloran y reverdecen detalles vinculados a aquellos momentos: "Siempre comíamos pasteles en Bombita, parar allí no se perdonaba porque  eren los más baratos".


Mojigatería social.

Normas sociales imperantes, especialmente exigentes y duras con la figura de la mujer, nunca faltaron. Comportamientos sujetos a censuras y reproches, vinculado a aquella máxima social expuesta en una frase dilapidadora, "el pecáo de ser muyer".  "De aquella, cuando era chavalina no podíamos andar de manga corta, ni de pantalones y la falda por debajo de les rodilles. Todo era manga larga, no te dejaben en casa de otra manera. Una vez que fui al Socorro de Luanco, estrené un vestido muy guapo de raína, lino y seda. Estaba muy guapa y salí con Paulina Anxelín. Aquel día pillamos les dos una buena fartura de anís dulce. Lo peor fue al día siguiente, quería más morime de como tenía la cabeza".



Fuente: Laudina Artime. Escuela de Condres, años 20. Las mangas 
largas y prejuicios sociales en una imagen reveladora.


"Siempre había que venir pronto pa casa, como muy tarde a las diez de la noche y podíes tardar un poco más cuando el Cristo de Candás y San Pedro de Antromero". Haciendo un añadido, vinculado a la protección tutorizada: "Si teníes la suerte de estar con gente mayor en la romería, entonces podíes llegar a casa más tarde".


El agua.

Vida y trabajo, mucho trabajo representó el agua a les muyeres de todas las casas. Cuando estas fallaban en la recogida y posterior traída al domicilio, se cumplimentaba fielmente su sustitución con el aforismo popular: " El más ruin, a la fuente y al molín". Cuantos esfuerzos físicos, acompañados de equilibrios imposibles para evitar un anunciado rebose de los recipientes: "Íbase a buscala donde la hubiera. Por el verano, había más escasez y también se gastaba más en casa. Entonces, había que caminar más: hasta Taluxia y La Mata. Se pasaba por Casa El Chato, pasar por la Ñora y subir por el camín un cacho p'arriba. Con un caldero en la cabeza, que se sujetaba con  un rodillo envuelto pa que no te cayera  y una lata en cada mano".


Fuente: Benigna Anxelín. Joaquín y 
Carmina Les Moranes, junto a Gelia, con 
el caldero en la cabeza, camino de la fuente.

Si la intendencia sujeta a las abluciones semanales lo exigía, había que reforzar el transito a fuentes y manantiales: " Los sábados o cuando tocaba lavate un poco más, hacíase  en un barreñón  que había que llenar. Y todo era poco".


Si no apremiaba la prisa, se recurría a lo más próximo: " La fuente de Carín antes era más pequeña y no tenia el lavadero como lo tien ahora. Estaba de frente al caño y entonces la gente quejábase porque  chiscaba, y el ayuntamiento, con algunos paisanos del pueblo acabaron cambiándolo de sitio. Esta fuente, por el verano no secaba, pero echaba un filo de agua y valía más morise que estar esperando a llenar los calderos, que aunque quedase más cerca de casa, muches veces valía la pena el buscar agua a otro sitio".



Fuente: María González Artime. María bebiendo
en la fuente Carín.



La logística empleada para recoger agua en las casas con animales se disparaba exponencialmente, generando un inevitable sobreesfuerzo. " Los xatos y les vaques no saben de fiestes, ni si hay agua o no en casa. No se podía esperar a quedar sin ella. Íbase con el carro xuncido de vaques el que lo tenía y si no siempre hubo un carrín con burro en casi todes les cases". 



Fuente: Laudina Artime. Tito Les Moranes da de
beber a la pareja, en presencia de Amparo Julián y 
Laudina afalagando a una vaca.



Lavar.

Tareas domésticas distinguidas por la división de género, que siempre comprometieron e hipotecaron tiempos. El lavar, sin la logística necesaria en domicilio, fue durante décadas una nueva prueba de fuego para las sufridas mujeres. "Íbase al río a lavar, pero antes llovía mucho más que ahora. Llovía todo el invierno mucho y la mi hermana Telvina aprovechaba que salía detrás de Casa El Ingeniero (al lado de Les Moranes) un manantial y llevaba a lavar la ropa allí, también aprovechaba para coger el agua para casa". Pero, siempre manteniendo un protocolo necesario, que genera la propia experiencia: " Aquel sitio valía solo pa lavar pieces pequeñes, porque el agua no corría. El que llegaba primero era la que lavaba".


Después de acarrear la ropa sucia, lavar en las aguas fluviales o manantiales, quedaba regresar a casa con mayor peso de la colada humedecida y el cansancio en el cuerpo. "La ropa, después de lavarla tendíase en los bardiales y siempre se aprovechaba cuando los praos estaben recién segaos pa tender la ropa blanca, les sábanes, que con no tener tanto como ahora, quedaben más blanques". Aunque había ciertos recelos a la hora de desplegar este trabajo de limpieza en las riberas de los ríos y regatos: " El problema de lavar en los ríos era que como no tuvieras de les primeres, olíate que el agua estaba lavada, que era como si estuviera puerca. Por eso lo mejor, era madrugar y llegar antes que les otres".


Radio.

Hay tecnologías que calan en la profundidad de la sociedad, y más aun cuando las innovaciones se producen con cuentagotas, tal fue el caso de las comunidades rurales. "La primera radio que hubo en el pueblo fue en Casa Cardina. Aquello fue el no va más, la gente iba a escuchar los partes y la música. Cuando se casaba una moza dedicaben-i muchos discos, taben igual todo el día: pa Concha Antón de Menende fue exageráo, muchos discos dedicaron". Ante la ausencia se recurría a las habilidades vecinales: " Cuando no había radio, tocaba Marcelino La Salada el acordeón. Aquí en Les Moranes, dos o tres veces por semana. Venía un montón de chavalería y hacíen un baile tremendo". La conclusión ante la ilusión y expectativas que generaba la innovación, es resumida en breve sentencia por Lucía: "Antes la gente con tener nada, disfrutaba más de la vida. Pasabes por cualquier casa y era raro el no escuchar la radio tocando y  a alguien cantando. Se cantaba a todes les hores, y ahora solo canten los borrachos".


Otros tiempos.

Los intervalos temporales vinculados a la actividad humana son fluctuantes e impredecibles. Nada de lo que está oficializado hoy, puede ser garantizado en el mañana más inmediato. Así, Lucía recuerda un tránsito evolutivo positivo, reflejado en mejoras de protección social. "Trabajé en la fábrica de conserva, en Candás y tuve que dejarlo por culpa de la humedad, que no me sentaba nada bien y enfermaba cada poco. Marché con una mano delante y otra detrás, sin nada de nada. Tenía que pagar cada vez que iba al médico: la consulta, les medicines y ya ves, ahora la gente quejándose por todo. ¡Alguno tenía que ir pa atrás y saber lo que era bueno, pa quejase por algo!".


Calzado.

Los  moradores de la división jurídica-administrativa Conventus Asturum, tenían una forma de vida curiosa y singular a los ojos de los invasores romanos. El cronista de la época, Estrabón, recogía algunos detalles de su indumentaria de hace ya 2000 años, que se mantienen en la actualidad (7). "Siempre íbamos calzaos con madreñes. Les primeres que tuve propies teníen gomes, eren de clavos. Ibes andando con aquel ruido que se metía en la cabeza, que no lo sacabes en todo el día. Así que cuando puse les gomes, yo gocé. A todos los laos con madreñes y en el baile quedaben debajo de un banco. El problema era que rozaben les zapatilles y con el cisgo (8) de les cocines pintábamos el rozáo. Siempre teníes les medies todes ennegrecides. Ahora eso ya no pasa, cuentes estes coses a la gente de ahora y no te creen. No me gusta un calzáo y tengo 4 o 5 más esperando pa cambiar, y cuando era joven la que tenía uno, era rica".


Los curiosos.

Antes de llegar a los pueblos la medicina "oficial", se recurría al saber y conocimiento heredado, apoyado no siempre en base científica de prueba heurística  (ensayo/error) y si en leyendas y tradiciones. "Siempre hubo gente que curaba o decíen eso. A mi, de rapacina lleváronme a pasar el agua, porque decíen que tenía mucho "agüello". Lo que tenía era enfermedad, estaba mala, pero éramos bobes y creíamos todo. También me arreglaron el dedo del pie, bueno mejor dicho me lo desarreglaron porque quedome todo torcido".


Su racionalismo y descreimiento personal, no lo aplicaba en el caso de los animales. "Hubo gente muy curiosa pa los animales. Pa ayudar en los partos de les vaques, pa arreglar les pates,...".


El transporte.

Hemos cambiado tanto (o nos han hecho cambiar), en tan poco tiempo, que en ocasiones produce vértigo el mirar hacía atrás. Afrontar un desplazamiento, por pequeño que fuera, estaba lleno de complejidades e inconvenientes. " Antes íbase a todos los laos caminando: a la plaza, a trabayar, pa Luanco, pa Candás, a les romeríes. Si teníes que ir a Gijón o Avilés, cogíase el Carreño (tren) en Candás". Aunque siempre había matizaciones, sujetas a la posesión y propiedad:" Algunos paisanos teníen bicicletes y esos eren los ricos. Iben y veníen sin tar pendientes de nada".



Fuente: María González. Mino El Civil a los 
mandos del biciclo, y atrás Avelino Les Moranes.




Fuente: María Les Moranes. Avelino Les Moranes, a la
derecha y abajo, manejando su propia bicicleta.


El llar y las cocinas.

No hubo casa en la zona rural asturiana que no girara toda su dinámica familiar en torno al llar y cocina. Interminables conversaciones, estrategias productivas, disposiciones jerarquizadas, divagaciones interminables han sido elucubradas ante el calor del fuego, emitido en aquel receptáculo doméstico. "Les cocines de antes eren muy guapes. Como no había comedores en les cases, todo el mundo estaba siempre en la cocina, hablando y haciendo coses. Primero tuvimos una cocina de leña y el horno enfrente de la cocina. Tener un horno era muy importante, casi tanto como tener cocina. Luego ya compramos una más moderna que era de carbón. Digan lo que digan la gente moderna, no hay mejor comida que la que se hace con la cocina de antes, pero esta gente de ahora, ¿Qué sabrán de lo que ye bueno a la hora de comer".


De aquella actividad sujeta a la unidad familiar, vinculada a la elaboración del pan más popular, da buena cuenta la memoria de Lucía: "La cocina nuestra era de madera. Siempre se apiñeraba (tamizaba) la fariña de maíz. El agua pa facer la masa era de salmoria (de mar) que estaba limpia. Según estuviera la fariña, se hacía de una forma diferente: Si estaba muy gorda el agua tenía que estar muy caliente, si estaba más delgadina, entonces el agua templada. Después pa revolver la masa amasábase con una paleta de madera y dejábase media hora reposando. Metíamoslo en el forno que estaba arroxiáo y cuando la pasta cogía color ye que taba bien cocido. Después estábamos ocho días comiendo por aquella boroña".


Lanchas.

Entre los años 1895 y 1900, se publica una espectacular obra por Bellmunt y Cañella que llevará el título: "Asturias: Su historia y monumentos, bellezas y recuerdos, costumbres y tradiciones". Editada en tres tomos y cada capítulo sujeto a un concejo asturiano. En lo referente a nuestro pueblo, citan la presencia de "un humilde astillero", a los píes de la ermita (aquella derribada en 1969): "...en su territorio se halla la ensenada de San Pedro (Antromero), bajo su ermita, con humilde astillero". Dinámica laboral esta interrumpida, con toda seguridad, a los pocos años de haberla citado tan insignes investigadores. Así, nuestra informante, lo corrobora en inequívoca exposición: "Cuando era joven no había nadie que arreglaba lanches en el pueblo. Cuando se averiaban había que llevarlas a Luanco, al Aramar o a Candás".


Tendrán que transcurrir varias décadas, ya en los pasados años 80, para que un nuevo artesano autodidacta rescate una actividad muy vinculada a nuestra historia: " El último que les arregló, fue Cesar, en La Ería. Pero de eso, no fai tantos años".


La luz.

La tecnología, bien aplicada, es el complemento perfecto para alimentar cualquier reducto de felicidad doméstica. "Antes de venir la luz a les cases, se alumbraba  con carburo, y cuando llegaba la noche siempre era el  ismo cantar: ¿A ver a quien toca hoy encender el carburo?. Nadie quería.  Después cuando llegó (la electricidad), era una chavalina y que felicidá. Con lo fácil que ye ahora dar  a una llave y ¡ya está!". Su conclusión, ante ciertos avances, no deja duda. " La luz y el agua fue lo más grande que hubo en les cases".


Vender.

Uno de los pilares de la economía de esta comarca estaba en la venta directa de los productos derivados de la tierra y animales, evitando intermediarios. Basado en una relación de confianza entre ese binomio económico: Vendedor -comprador. "Nosotros íbamos a la plaza de Candás a vender, los de La Viesca y El Monte tiraben más pa Luanco. Era normal, ibes a donde quedaba más cerca de casa. Llevábamos la mercancía en una goxa, en la cabeza. Lloviendo, ventando, granizando y como paragües no había , ni se podía llevar, pues una manta en la cabeza negra. Cuando calaba la manta, quedabes peor que antes, con el doble de pingadura. Después ya empezaron a llevarse la mercancía con los carros de mano. Eso quitó mucho trabajo".


En aquella interrelación comercial había componentes fijos y muy pocas variables: "Vendíase leche, fabes, chichos, patates,.... ¡Muchas leche llevé pa Candás!. Todo lo que sobraba en casa. Y la gente que te compraba era casi siempre la misma. Ya te conocíen y veníen a tiro fijo. Otros veces llevabes los encargos a les cases".


Lo del pulmón.

Uno de los invitados más odiados, y que llega siempre sin avisar es la enfermedad. Cuando esta se acompaña del rigor de luto, no hay consuelo posible. " Mi padre murió, de enfermedad y joven. Murió del pulmón, eso que mató tanta gente en aquella época.  No respetó a ninguna casa, caíen jovenes y vieyos, muyeres y paisanos". 


Aquella enfermedad era endémica, de fácil transmisión y causó verdaderos estragos en nuestra mancomunidad. Fue hasta la década de los pasados 60, una afección social y muy vinculada a los desajustes económicos provocados por la pobreza y condiciones de vida precarias.


Suerte.

La buena o mala suerte, es una cadena invisible que está sujeta al destino, una brisa caprichosa que va viene sin previo aviso. " Yo siempre compraba lotería con Delfina y un día que fui hasta La Granda, dijéronme  que había tocáo la lotería a Defina El Civil . Fui pa casa y mandome aviso de que teníamos 40.000 pesetes cada una".


Fuente: Laudina Artime. Arriba: Victor,
Delfina y Lucía. Abajo: Paulina.


La inversión no se hace esperar: " Compré una vaca y un horro. La vaca mejor que había en la Villa, 13.000 pesetes. Un abrigo pa mi y ropa pa los sobrinos".



Fuente: María González Artime. Hórreo de Les Moranes.
"Compré una vaca  y un horro".


Elaboración de los embutidos.

"En casa siempre se criaron uno o dos gochos. Eso daba mucha tranquilidad". Criar gochos siempre tuvo un primordial objetivo, que no era otro que la consecución de carne para la alimentación de la familia. Esta antiquísima y eficaz fórmula se apoya en el aprovechamiento de los recursos disponibles, y nada mejor que este animal para cerrar el círculo del autoabastecimiento.


Lucía, una reconocida experta en el manejo de la manufacturación de este tipo de productos cárnicos derivados del gocho, transmite conocimientos y saberes: "Cada casa tenía un gusto y su propia receta pa hacer el embutido". Subrayando la importancia determinante de la materia prima:" Depende del gocho, pues no todos son iguales. De lo que comieron y como se criaron".


Fuente: María González. Preparando el embutido en Casa Les Moranes.




La experiencia y mano que la ejerce aceleran los protocolos: "Después de tantos años el pimentón y la sal se echa  a ojo. Algunes lo miden con un vaso o con la mano a puñáos".  Aunque precisando y para evitar daños irreparables: " Pero siempre poco a poco y probándolo de vez en cuando". Y siempre manifestando una premisa que pasaba por la dirección de la fémina: " Esto era trabayo de muyeres".


Para iniciar el proceso del embutido, se requieren algunas pautas a seguir. El cerdo se mantenía en ayuno al menos el día previo a su matanza, para facilitar el lavado y preparación de sus tripas, que recogerán todo el embutido. " Pa lavar les tripes se necesitaba mucho agua y lo mejor era llevarles al río o a la fuente. Se solíen lavar con agua, jabón el chimbo y sal, y otres veces también con vinagre. Algunes echaben unos cachos de limón al agua donde estaben les tripes ya limpies". Los tiempos cambian y se aplica la comodidad:" Eso era antes, porque ahora la tripa se compra ya preparada y lista pa hacer el embutido".


Su sobrino, Tito, confirma sospechas y expone una certeza vinculante al conocimiento y experiencia de Lucía en estas lides:  "Lucía tenia mucha mano para la matanza de los gochos y para hacer el embutido. Era muy servicial y siempre iba  a ayudar sin problema a todo el mundo que se lo pedía".


El ceremonial vinculante, dependía del producto final: "Pa los chorizos había que picar carne con tocín, pimentón, ajos y sal. A veces tocaba comprar algo más de carne porque el gocho no tenía bastante pa los chorizos que quería hacer la familia". Aunque precisando respecto a un componente básico: " Aquí se echa siempre pimentón dulce, lo del picante ye más pa tierra adentro". Aquellos chorizos, de los que nuestro paladar ha sido testigo de su sabor y textura inigualable, estaban sujetos a fórmula ancestral e inamovible: " Una vez que taba la carne bien picada, se adoba con ajo, sal y se echa pimentón. Después se deja reposar en un barreñón y tapao durante por lo menos dos días. Pero siempre hay que revolverlo todo y muy bien dos veces al día . Una por la mañana y otra al oscurecer. Ye muy importante hacer esto pa que coja bien el sabor del adobáo".


El siguiente paso, estaba en comprobar el buen estado de la tripa y su posterior relleno del embutido: "Se ata con el filo vela (bramante) por les cabeces pa que no escape el mondongo. Después se van haciendo el tamaño de los chorizos, faciendo la riestra". 


Si hablamos de la elaboración de la morcilla, la voz experta matiza detalles y saberes para el éxito final esperado: "Lo más importante pa la morcilla ye que esté bien la sangre, que se recogiera bien cuando se mata el gocho. Pa hacerla se necesita la sangre, cebolla, tocín que se pica en tacos y el pimentón. La cebolla se picaba antes de la matanza, pa ganar tiempo". Aclarando un detalle productivo: " Pa embutirlo todo en la tripa se ayuda de un embudo pequeño. Después hay que atarla pa que no se escape y hacer el tamaño de les morcilles con filo vela (bramante)". Advirtiendo de la necesidad de alfileres u agujas en la logística de ese momento: " Si no quiés llevar un disgusto, hay que pincharles pa que salga todo el aire, así  no hinchen y revienten".


Fuente: María González.  Luza, Lucía y Carmina Les Moranes y
el marido de esta última, en plena elaboración del embutido. Encima 
de la mesa y en la esquina izquierda, se aprecia un embudo metálico.
Objeto necesario para facilitar la introducción en la tripa
 de los ingredientes de la morcilla.


Tras la exigente operación manual, tan solo quedaba su curación. Secado y ahumado, previa colocación en varales (9) en determinada altura y un lugar cerrado, con una salida de humo. La madera, preferentemente castaño, roble, lloreo,...


También nos hace mención de otro embutido típico de los concejos de la Mancomunidad del Cabo Peñes, "la fariñona", muy similar a otro tipo de embuchado cárnico llamado "pantrucu", oriundo del oriente asturiano. " La fariñona se hacía con sangre de gocho, fariña de maíz, cebolla y tocín. Se mezclaba todo y se embutía en una tripa grande". La diferencia entre este producto y los anteriores embutidos está en que no necesitaba curación alguna: " Después solo hay que cocerla".


Con esta brevedad manifiesta, hemos resumido conocimientos heredados, transmitidos durante siglos, de uno de los pilares básicos de la alimentación de los domicilios de nuestros antepasados, confirmados por el necesario requisito de la experiencia de una mujer y de su paciencia a la hora de explicarlos.


En este recorrido aleatorio por la memoria de Lucía, hemos mantenido una única consigna, facilitada por nuestra colaboradora, y no es otra que la de recordar. Recordar mientras se pueda vivir para contarlo y así reconstruir, citando una y otra vez como único compañero de viaje a la imaginación. Regresar a  un paisaje ya vencido por el paso del tiempo.


El colofón perfecto a esta exposición (recuperada en parte de anteriores capítulos), nos lo dicta nuevamente sus palabras cómplices, evidenciando una evolución de una comunidad inconformista con su suerte: "En Antromero cambió todo, les cases y la gente. Nada ye como antes. Hay coses que no me gusten, pero casi todo va a mejor. Ahora  ya no dices como antes: ¡Probes, ta matándolos la fame!". Tras esta inapelable sentencia, de una inevitable metamorfosis social, aun nos sigue golpeando con fuerza aquella primera exposición, germen  de todo lo venidero: "Mi padre iba a la mar, sobre todo y cuando podía a la costera del bonito. Eren tiempos de fame y necesidad".






(3). Mal llamada "Española", pues no surgió en nuestras fronteras. Fue también denominada "muerte púrpura", debido al efecto visible que provocaba en sus víctimas. Esta gripe tenía la capacidad de teñir la piel se sus enfermos en un azul muy vistoso. a medida que los pulmones se llenaban de líquido, provocando la asfixia".

(4). Les Andeches, era una colaboración vecinal para cubrir los trabajos agrarios. Se basaba en la máxima: "hoy por ti, mañana por mi".

(5). La esfoyaza o esfoyada,  es preparar y deshojar las mazorcas de maíz para enlazarlas unas con otras y poder colgarlas. Trabajo colectivo y con tintes festivos. Para más información consultar capítulo 3.

(6). Amagostar es asar, en este caso, castañas con las brasas de una hoguera.

(7). Estrabón, detallaba como los hombres lucían vestidos de lana negros y tupidos (probablemente elaborados con la lana de la oveja autóctona xalda) y las mujeres la misma indumentaria, pero de color. Los pies los protegían con calzado hecho de madera, antecesores de las actuales madreñas.

(8). El cisgo es carbón en polvo, que aun se puede apreciar en la superficie de la playa de San Pedro. Fue empleado como combustible durante décadas en prácticamente todas las casas del pueblo. Antaño su procedencia era de los lavaderos de carbón, que los ríos arrastraban hasta el Cantábrico. Desaparecida la actividad minera, esta puntual aparición en nuestro arenal, apunta a los depósitos de carbón que la siderurgia asturiana tiene en Aboño. Hay otras voces que discrepan de esta tesis y mantienen que son los restos del naufragio del buque "Castillo de Salas" frente a la playa gijonesa en el año 1986. Aunque los informes derivados de la granulometría de este cisgo rechacen esta última opinión.

(9). Los varales, o varas largas, eran empleados en esta ocasión para colgar los embutidos, el lugar cerrado, con una salida para el humo. La finalidad ahumar y curar aquellos. Y solo debían cumplir unas pautas básicas: ser lo suficientemente resistentes, estar secos y no desprender olor alguno.




Horro de Les Moranes.





"He tenido suerte en la vida...

pero también he sabido verla cuando pasaba por delante".

Gabriel García Márquez.




Fruto de la buenaventura que muy de tanto en tanto sortea las cotidianas desventuras, en esta ocasión en forma de premio de lotería, Lucía comprará un hórreo. Esta adquisición es detallada por Tito Les Moranes: " El horro comprose en la parte de Carreño, donde se puso la ENSIDESA". Apuntando un detalle que no pasa desapercibido al atento observador: " El horro ye más grande que los típicos. Tien un tamaño más grande que los normales".




Fuente: Paulino García. Horro de les Moranes.



Aprovecharemos, una vez más, la colaboración de nuestro amigo y vecino Paulino García Suárez, quien detalla sus características más notables, para conocimiento de los legos en esta materia que forma parte de nuestra idiosincrasia y cultura. Al fin y al cabo, Asturias y su historia no tendría sentido sin la presencia de estas edificaciones: "Este horro con fecha grabada de 1758 en una colondra lateral, encima de un vano de ventilación, fue traído a casa Lucia Les Moranes en la década de los años cuarenta del siglo pasao, procedente de Trasona a cambio de 22 mil pesetas, encargándose del traslado y montaje Luis de la Mata. Construido por Domingo Fernández Corugedo, maestro carpintero natural de Manzaneda, como así figura en el catastro del Marqués de la Ensenada. Corugedo probablemente fue el precursor del conocido como estilo Carreño, en horros y paneras. Dice de este horro la publicación Arquitectura Popular en Gozón del Club Apolo de San Jorge: "Conserva una cruz perfilada en tono rojizo y la inscripción (Año de 1758), sobre una de las ventanas de ventilación rectangulares con los ángulos mataos por segmentos de arco".




Fuente: Paulino García.




Fuente: Paulino García. "Conserva una cruz perfilada en tono rojizo ...".





Joaquín  González, Carmina Les Moranes y sus hermanas.



"Poder disfrutar de los recuerdos de la vida,

es vivir dos veces".

Marcial.


No hay nada mejor que la exposición de la gente versada, con necesario conocimiento para evitar frustraciones informativas y errores garrafales. Contar con fuentes fiables que proporciona la propia familia, es una oportunidad que no dejaremos escapar. Por ello, disfrutemos de este relato, consignado en anterior capítulo, de un breve pero intenso resumen de la vida, obra y milagros del popular matrimonio compuesto por Joaquín , el de La Cuesta y Carmina Les Moranes, coordinado por dos de sus hijos: Tito y Marian.


    "Joaquín González Heres nació en 1920 en Luanco, y era de La Cuesta. Trabajó faenando en la mar, algo que nunca abandonó, aunque trabajara en otros sitios. Vino a vivir a Antromero a Les Moranes, cuando se casó con mi madre, María del Carmen Artime García, Carmina. De aquel matrimonio nacieron siete hijos, de los que todos vivieron: María Angélica, Joaquín, Mariluz, María del Carmen, Avelino, Carmen y Marian.


Fue una persona muy trabajadora y durante un tiempo lo hizo en la fabrica de harinas, La Fedionda y después en la FEVE, donde se retiraría. Tuvo un bote, el popular "Punta de los Ángeles", con el que complementaba los trabajos en la tierra. Primero con la fuerza de los remos y después ya con un motor fuera borda faenó arrancando ocle, pescando o marisqueando. 


Fumador incansable de tabaco negro. Primero los "celtas" sin boquilla y después "ducados", llevaba tanto su cajetilla como el mechero de mecha debajo de su reconocible boina para evitar que se mojara. En su menú marinero no podían faltar nunca dos elementos: tabaco y uvas. Cuando por el verano llegaba en el bote a la playa con la cesta llena de pescado y mientras los veraneantes se sorprendían de sus capturas, yo rebuscaba entre los restos de su comida, para encontrar suelta  alguna de aquellas uvas, dulces como la miel, tenían aquel sabor que nunca más encontraría en ellas .


Su físico era inconfundible, vestido de mahón, boina negra, y siempre un cigarrillo en sus labios, encajaba perfectamente en la imagen marinera clásica. Delgado y fibroso, nervioso e inquieto, fuerza y puro nervio, tal heredó esa genética su hijo, Avelino.



Fuente: Marian González. Joaquín Les Moranes, una imagen 
típicamente marinera.



Pese a ser de carácter explosivo, tenía un corazón que no le cogía en el pecho. Muy buena gente, servicial, ayudando en todo lo que podía. Lo acompañaba buenas maneras a la hora de hacer cosas. Siempre mañoso, construía recambios para la lancha, arreglaba cosas en casa, hacía varas para los garabatos del ocle, mangos para palas, fesories...


En el trato personal era cercano y animoso. Tenía una expresión característica y propia para todo el mundo: "mi niñín" o "mi niñina", en un ejercicio de demostración de cariño, proximidad y confianza. En todas las fiestas era el primero en salir a bailar y el último en abandonar el baile, en una animosidad muy contagiosa.


Mi madre, María del Carmen Artime García, o Carmina Les Moranes tal y como todo el mundo la conocía, formó parte de la prole creada por sus padres, Ramón y Filomena. Fueron ocho hermanos: Etelvina, María, Marcela, Lucía, Carmina, Avelino, Sergio y unos gemelos que murieron poco al poco tiempo de nacer. 


Ramón, su padre, quedará viudo y se casará por segunda vez, En esta ocasión con una hermana de su anterior mujer, quien rechazará a todos sus hijos. Cuando murió su madre, Carmina tenía tan solo siete años y todos ellos tuvieron que sobrevivir como bien pudieron. Trabajaron por casas, tan solo por la comida. La vida fue cruel con su infancia. Etelvina, trabajaría como criada en una de las caserías mas potentes de Antromero, Casa Norte.



Fuente: María González. Joaquín y Carmina
Les Moranes.


La organización de aquellos huérfanos estuvo en manos de María, hasta que se casó, que marchó a vivir a su propia casa. Marcela tomaría el relevo, quien  además de ser muy trabajadora era muy buena gente. Su hermana Lucía, tenía mucho carácter y siempre fue muy servicial con familia y conocidos. Aquella suya forma de ser, quedaría reflejada con el paso del tiempo: durante años coció las marañueles de medio pueblo en el forno de Laudina. Ella era la encargada no solo de su cocción, sino también de recoger la lloreda, para arroxar el forno y dar ese aroma característico a las galletas.



Fuente: Laudina Artime. A la derecha Lucía Les Moranes,
acompañada de Amparo Julián.


El carácter de mi madre era completamente diferente al de mi padre, muy suave en las formas. Él en cambio todo puro nervio, lo contrario a ella. Siempre decía lo mismo: para llevar una casa, el trabajo de afuera, el cuidado de la familia solo tenía un secreto que era hacerlo todo con tranquilidad.

Aquella gente trabajó en todo lo que pudieron y nunca se quejaron por nada, y menos por trabajar mucho. En Antromero si había trabajo, había riqueza  y la mar fue un tesoro para todo el mundo. Se fue a todo lo que se pudo: al ocle, al marisco, a les tierres, al laurel, a los caracoles...Fue un sacrificio duro, diario y donde nadie te regalaba nada. Acostumbraron su cuerpo a un esfuerzo casi inhumano, que para la gente de hoy sería imposible: ir a buscar el agua a la fuente con un caldero en la cabeza y uno en cada mano, llevar el cabeza a la plaza tanto peso y andando tantos kilómetros... y un día y al siguiente también.


Todo el mundo tenía una vaquina para la leche, unes pites y un gocho para matar para el año y con poco más la gente se arreglaba. Nunca ningún antiguo tuvo problemas de ansiedad y les sobraban los motivos para ello. Deberíamos mirar un poco para atrás y ver lo que hicieron los nuestros antepasados y aprender un poco de ellos. Y entre ellos  mi padre y mi madre, trabajadores incansables y buena gente.


Tito y Marian Les Moranes.





El origen de todo. 



"La historia es un incesante volver  empezar".

Tucídides.



Indagar en el origen de las raíces familiares y las cosas que las acompañan, es una aventura que no siempre obtiene resultados apetecibles. En este viaje al pasado se prioriza la búsqueda de indicios, para una mejor comprensión de la identidad que nos acompaña. Son estos no tan solo la herencia biológica, también otras componendas como las historias, costumbres y creencias heredadas, que en su conjunto forman el sólido cimiento de los valores  que nos hacen ser lo que somos. Un legado emocional único e impagable.


En este viaje al pasado reciente de la familia Les Moranes, nos acompañará la memoria, junto con enriquecedores detalles, de Tito y María, quienes marcarán la ruta a seguir en la búsqueda de los ancestros más inmediatos. " Mi güelo (materno) era de Casa La Pielora. Se llamaba Ramón, aunque todo el mundo lo conocía como "el de La Rubia". Esta precisión no es casual: " El pelo que tenía era arrubiáo".



Fuente: María González. Ramón, el de La Rubia.



Ramón Artime Rodríguez, el de La Rubia, nació en 1882 en Casa La Pielora, tal lo recuerda María González, quien detalla: "Sabemos muy poco de él, pero deducimos que era hermano de Genaro Artime, el padre de Generosa, Marcelino, María y Falo La Pielora".




Fuente: Geli Artime. Registro censal de  1867, de Casa La Pielora.

 

Si atendemos al censo elaborado en el año 1867, y nos remitimos al registro número 13 correspondiente a Antromero, datado el 14 de diciembre de dicho año, por el entonces maestro de Instrucción Pública, Manuel Cuervo, figuran los padres de Ramón, el de la Rubia. Estos atendían  y así constan con el nombre de Antonio de Artime, nacido en 1828, de profesión labrador y su esposa, Rosalía Rodríguez, nacida en 1839. En aquella fecha tenían dos retoños Josefa (1862) y Genaro (1865). Esta unidad familiar  de convivencia quedaría cerrada con Josefa Rodríguez (1795), quien en lógica deducción bien pudiera ser una tía de rango paterno de Rosalía, dada la edad, apellido y registro censal como "parienta" de esta última.  Ramón nacería unos años más tarde. 


La evidencia se manifiesta en un curioso entrecruzado, que tiene su origen en la casa matriz de Pielora. Esta familia de referencia, se mezcla indirectamente con  el linaje  de Casa Bolla, entre otros entresijos biológicos que el tiempo y estudio nos irá descubriendo.


María, incide en un dato manifestado con anterioridad: " A mis abuelos maternos, yo no los conocí y mis hermanos tampoco, por haber fallecido muy jóvenes. Primero mi abuela y posteriormente mi abuelo". Su hermano Tito, eleva una precisión,  sujeta a aquellos años, donde existía  elevado riesgo de mortandad derivado de los partos: " Mi abuela murió, así me lo contaron, con el parto de su último hijo". Respecto a esta antecesora, nuevamente María proporciona inéditos y escuetos detalles, que proporcionarán una información de interrelación familiar: " Se llamaba Filomena (abuela) y era de la familia del Rexidorio. Sus hermanos eran Victoria (1897), Genaro, Raimunda (1895) y Benigna García García (1903). Esta última fue la que se casaría con Marcelino, también de Casa La Pielora y que años después gestionarían el almacén de compra de ocle en El Cañaveral". Además proporciona  un añadido a este vínculo genético:" También tengo conocimiento de que tenía un hermano casado en Candás , con hijos".



Fuente: María González. De izquierda a derecha: Jovita González, 
Avelino Les Moranes y Benigna García, "Rexidorio". 



A la muerte de Filomena, el viudo  tratará de reiniciar su vida, tal lo recuerda Tito: " Mi güela murió cuando mi madre tenía siete años (Carmina nació en 1921) y mi güelo acabaría  casándose con una hermana suya, Virginia,  pero ya no hubo más fíos y tampoco quiso los que ya había". La ausencia de imágenes de aquella, es justificada por una fobia o manía, que hemos reconocido en otras personas: "De Filomena no tenemos fotografía, nadie sabe que cara tenía, ni como era, porque siempre se negó a hacerla". 



A lo largo de diferentes capítulos, hemos observado con cierta curiosidad, como a la muerte de la mujer, toma el relevo una de sus hermanas en un nuevo casorio con el viudo, motivado en muchas ocasiones por ese vínculo familiar que representan los huérfanos ( sobrinos de la futura contrayente) y  por el estado de necesidad y desamparo en el que quedaban estos. Aunque nos tememos, que este no será el caso.



La casa donde vivía toda la familia era propiedad de una hermana de Ramón de La Rubia: " La casa donde vivían mi madre y sus hermanos, era de una tía de ellos". Si atendemos al censo de 1924, donde ya está toda la estirpe (los ocho hermanos que vivieron), junto al propio Ramón y su hermana Josefa Artime Rodríguez (1856), quien suponemos propietaria del inmueble. Esta mujer fue la que tomó el relevo de la tutoría de tan vasta prole, como lo recuerdan al unísono María y Tito: "Tuvieron 10 hijos. Unos gemelos que murieron al poco de nacer y ya con vida: María (1912), Marcelina (1913), Etelvina (1914), Lucía (1916), Marcelino (1918), Sergio (1919), Carmen (1921) y Avelino Artime García (1923). Al morir tan jóvenes los abuelos, ella quedó al cuidado de todos". Por el medio de esta cadena de nacimientos de producirá la llegada al mundo de dos gemelos y su prematura muerte.



Fuente: Geli Artime. Censo de 1924, donde está enmarcado la 
relación de los miembros de la familia Les Moranes.



Sospechamos, apoyados con una manifiesta cuasi-certeza, que aquella labor encomendada a una mujer que rondaba los 70 años, fue una losa definitiva para los intereses de los jóvenes y desamparados hermanos. Su supuesto sentido  maternal estaba agotado o en vías de hacerlo y los huérfanos desarrollan un espíritu de supervivencia, guiados por los de mayor edad: " La encargada de cuidarlos era la hermana de mi güelo, pero les hermanes mayores eren les que fueron llevando la casa". En más ocasiones de las deseadas, la vida no  da opciones y te obliga  a tomar  el sendero tortuoso e injusto por donde has de discurrir. Una prueba de fuego, un violento tránsito de la infancia a la madurez. "Según se fueron casando, se iban pasando el relevo para llevar la casa. Primero fue mi tía María, la madre de Falo y Genaro, mientras estuvo soltera y al ser la mayor fue la encargada de cuidar  a todos los hermanos. Cuando se casó, dejó el relevo a les hermanes".


Aquella logística doméstica estaba perfectamente organizada, tal lo recuerda María: " Marcela solía encargarse sobre todo de la cocina, Lucía iba con el carro a vender la leche y otras cosas a Candás y mi madre, Carmina, trabajaba la tierra. Años más tarde y a su tiempo también con  la recogida del ocle. Ella y el resto de la familia". 


Referente a los otros miembros de la familia, hace un escueto y efectivo recorrido. Así, respecto a los varones, aporta esta información. " Ninguno de mis hermanos conocieron al primer varón, Marcelino, quien falleció muy joven. En cambio, los mayores (hermanos) conocieron a Avelino, que estaba soltero  y quien moriría joven, pero del que tenemos muchas recuerdos en forma de fotografías. Sergio se casaría en Antromero, con Carmina El Tercero, y vivieron en una casa que hicieron aquí, al lado, en La Flor".



Fuente: María González. Avelino Les Moranes, en el
centro. Detrás, la Torre del Reloj, en Luanco.



La lista de los hermanos se finaliza con la relación de las féminas: "María estaba casada con Falo La Pielora; Etelvina lo haría con Manolo e irían a vivir a Avilés; nuestra madre, Carmina,  lo haría con Joaquín de La Cuesta de Luanco viviendo en esta casa, como Marcela y Lucía que quedaron solteras".




Fuente: María González. Carmina Les Moranes.



Siguiendo las pautas hereditarias ancestrales, la casa y referente del patrimonio familiar se transmite para los hermanos solteros, tal y como lo explica Tito: " Marcela y Lucía quedaron solteres y pa en casa. Esta casa era para la última que viviera aquí. Lucía, de les dos, fue la última que murió y quedó pa ella".


Nuestro informante sigue proporcionando puntuales pinceladas de alguna de sus tías, con un denominador común, su fidelidad y compromiso con el duro trabajo: " Etelvina estuvo sirviendo en Casa Norte, de joven. Marcela era una mujer muy trabajadora y buena persona, fue la segunda madre de todos nosotros. Atendía la casa y la cuadra, no paraba. Lucía tenía un fuerte carácter y le sobraba  buena mano para todo lo que hacía. Iba a donde la llamaban, sobre todo con la matanza del gocho, pa hacer los chorizos y morcillas. Era muy buena con la cocina y no había nadie como ella pa  la repostería, que aprendió en lo que era el Bar Apolo de Candás, donde estuvo trabajando. Era mucho de cocinar. Murió, como mi padre en el año 2008. Marcela, en 1977".


Respecto a Etelvina, nacida en 1914, era una mujer que llamaba la atención por su físico, nada habitual en una época de estrecheces y necesidades, que invariablemente trascendía al mustio aspecto de la población. "Mi tía Etelvina , era muy alta. No pasaba desapercibida por donde pasaba, porque además era guapa". Esta mujer, que tal y como se consignó, trabajó en la casería de referencia del pueblo, Casa Norte, formó parte de los beneficiarios del testamento del último gran propietario, Manuel, fallecido en 1939. En tal documento se le consigna 1000 pesetas, una cantidad de dinero ciertamente considerable en aquellos años, en agradecimiento por sus servicios prestados. Para valorar el gesto reflejado en esta dación, baste señalar que la equipara a cualquiera de sus sobrinos carnales. 



Etelvina.


Tito, amplía algún detalle y curiosa anécdota (fruto a una coincidencia nominal) en torno a su tía: " Telvina se casó pa Avilés, y lo hizo con un pariente de La Pielora, Manuel Artime Artime. Este paisano cuando  se retiró no le llegó la pensión, porque había otro con el mismo nombre que él y era Manolo El Rilete. Debían de pensar que estaba repetido, ¡Menudo susto debió llevar aquel paisano!".


En referencia  al benjamín, Avelino, rememora su figura: "Avelino, murió joven. Era soltero, pero tenía un hijo. Decían de él que no era como los demás, que era muy moderno para aquella época, que no parecía un aldeano, que era más de ciudad". Probablemente su cuidado aspecto y cabello claro, le facilitaba aquella imagen casi inédita y muy atrayente. "En aquellos tiempos, salía mucho a todes les romeríes, no perdía una". Estaba claro que el trabajo no se desmerecía, pero Avelino sabía disfrutar del ralo calendario festivo.



Fuente: María González. El segundo por la izquierda, Avelino. 
Primero por la derecha, Marcelino Mori, marido de Marina Anxelín.



Carmina y Joaquín, el de La Cuesta, van a tener una prolífica descendencia, que siguiendo el orden cronológico son los que siguen: María Angélica (1946), Joaquín (1947), María Lucía (1950), María del Carmen (1951), Avelino (1957), María (1959) y Marian (1963). Todos ellos, sin excepción, son el mejor baluarte de la genética, tesón, coraje y arrestos de sus padres y por ende de esta familia de referencia antromerina.



Fuente: María González. Carnet del Carreño de Joaquín, donde figura
imagen de sus primeros cuatro hijos, junto con su mujer, Carmina.



Reflejando la vida de estos hermanos, aunque sea con la brevedad a la que obliga la ausencia de un conocimiento más profundo, sobresalen el pundonor y sacrificio empleados, virtudes ambas que no solo les permitieron sobrevivir a las adversidades más crueles (huérfanos a temprana edad), sino reconstruirles con más fuerza. Un compromiso ético envidiable y una lección a esta sociedad hedonista que nos domina.







Les Moranes y el binomio tierra - mar.





"Si vas a hacer algo, hazlo ahora.

Mañana es demasiado tarde".

Pete Goss.




El aprendizaje al que te obliga la vida es tan extenso como la propia mar, y no hay nadie que haya pisado la tierra, aunque sea por poco tiempo, que no lo haya experimentado. Son enseñanzas que se empeñan en recordar nuestras debilidades, sujetas a la necesidad de seguir aprendiendo en el único afán de enriquecer este tránsito mundano. Estas experiencias, inevitablemente forjan el carácter de todos nosotros.


Será una vez más el trabajo, la rutina de la labor cotidiana quien proporcione una supuesta estabilidad económica. Fórmula esta, que no siempre consigue los objetivos perseguidos. Lucía, sentencia en axioma inapelable, el patrón conocido y soportado: " El trabayo ye la lotería de los probes. Poques veces se gana y muches veces se pierde".


Antromero, abierto a la mar y afianzado en tierra, ofertará a sus hijos la posibilidad de trabajar en la seguridad de la permanencia que representa el suelo firme y la seguridad de pisarlo o, por el contrario,  faenar en la aventura de la mar, donde la vida se convierte en paréntesis  marcados por la fuerza de las olas, de las pausas de las mareas o el color del horizonte. Y de esto bien saben los miembros de esta familia. De la lucha contra los elementos marinos y de la paciencia que exigen las cosechas en la tierra.


Tito, reivindica la importancia que tuvieron estas opciones y la grandeza de poder complementarlas, no sin grandes sacrificios: "Antes de coger yo la casería, les vaques, en casa lo llevaben todo mis tías. Marcela era la encargada de catar (ordeñar). De aquella había poco, no había mucho meneo, el caso era salir pa adelante y todo era poco. El tener la mar al lado de casa, fue una gran riqueza: pescáo, centollos, andariques, quisquilles nunca faltaron en la mesa. Pero lo más grande que pasó en el pueblo fue lo del ocle".


El ocle.

En 1951, se producirá un acontecimiento que marcará el devenir económico de la comarca durante varias décadas. El ocle (gelidium sesquipedale), empezará a  comprarse a través de "Hispanagar", fundada unos años antes, en 1940. En aquellos inicios, su representante en la zona será Don Antonio Valdés Inclán, quien pondrá todo su empeño en convencer  a las gentes para su recolección. Marcelino Artime González, cumplimentará la presencia en Antromero de aquella empresa, convirtiéndose en el almacenista y comprador de este pueblo (las concesiones estaban rigurosamente controladas por la administración y por zonas específicas). Aunque, una vez más la figura de la mujer se convierte en la piedra angular en este inicio empresarial. Benigna García, Rexidorio, se encargará de eliminar las suspicacias de los nativos, ante la novedad que se avecina. Primero, convencerá a la familia Sampedrín, y después a Les Moranes. El efecto dominó, es tan solo cuestión de tiempo.



Fuente: Socorro Muñiz. Marcelo y Benigna Rexidorio.



Nuevamente, el testimonio de Tito, recuerda el boom económico de esta alga. "El ocle fue la mayor riqueza del pueblo, fue el todo. Desde el Cabo Peñes hasta Llanes no hubo nada igual. Aunque la gente no se equivoque, que aquí nadie regaló nada. Todo fue a base de trabajo, mucho trabajo. Días sin dormir, con frío, granizando y nevando encima de ti. Era la Lotería de todos  los años desde setiembre hasta marzo o abril, con  el varáo. Y por los meses del verano y primavera, el arrancáo. Así, pal Cristo de Candás ya había un poco ocle y había dinero pa salir. En les navidades, vendíase un poco de ocle y ya había pa comprar". Su dictamen no da lugar a duda alguna:" Arreglo la vida a todo Antromero, pues al final fue casi todo el mundo a él".


Aquel esfuerzo invernal, recompensado con pingües beneficios, representó una mayor exigencia organizativa doméstica: "Fuimos una de les cases que más ocle cogió en el pueblo. Pero había que cogerlo en la playa y les riberes y después seguir con ello en tierra pa poder secarlo. Y sin dejar de atender lo de casa, yo de aquella ya tenía ocho o diez vaques y no podíes dejar una cosa pa hacer la otra.  Algunes persones llegaben del ocle a casa y teníenlo todo hecho, yo llegaba y preparar lo de la cuadra. Todo el día trabayando, sin parar. En la vida nadie te regala nada y cuando lo hacen, ¡malo!".




Fuente: Tito Les Moranes. Espectacular imagen de la recogida
de ocle en El Castillo. Miembros de las familias Anxelín y Les 
Moranes (al fondo, José Rodríguez Morán), se afanan en la tarea.



Durante  los  meses primaverales y estivales, la estrategia de recogida de esta alga se modifica. La actividad se desarrolla en medio subacuático, siendo necesario el arrancar la planta de su hábitat. El ingenio de un hombre de Luanco, que atendía como Manolito, le hace diseñar en el año 1948, un  peine de hierro ligeramente curvo con un largo mango, el garabato (10). El objetivo, arrancar el ocle desde la embarcación sin necesidad de bucear. Rápidamente, nuestras pequeñas lanchas copian semejante artilugio y se lanzan a la aventura del "arrancáo". "Fui dos años al ocle arrancáo, con el garabato y la lancha de mi padre. A mi me gustaba y no me costaba mayor trabajo". Aunque, tal y como decía alguno de los vecinos empleados en esta técnica, el uso del garabato " facía fumo". En cambio, el bueno de Tito, permanecía ajeno a aquella exigencia tan física:" Había gente que tenía los manos llenes de callos de tirar por el garabato y a mi no me salía uno. Paco Medero tenía les manos abrasades de la vara  y a mi nada. En eso, era igual mi tía Lucía, por mucho que trabajase, nunca tenía durezas en las manos".




Fuente: María González. De izquierda a derecha: Joaquín, su yerno
Fermín y Avelino Les Moranes. Posan tras una Recolección de ocle 
arrancáo, en la Playa de San Pedro.



El fruto final, era la venta y recompensa económica, como no podía ser de otro modo: "En casa, mientras duró el monopolio siempre se vendió a Marcelo. Una vez que se acabó, ya se vendió a otra gente: Santos, al Lechugo, a Amado,...". 


La mar.

La vinculación de la familia  con la mar no es casual, tal lo recuerda Tito: " Mi güelo, Ramón fue siempre a la mar. Iba a la sardina en Candás y al bonito, compaginaba la mar con tres vaques que teníen en casa".  Aunque la consanguinidad por su  parte paterna no se queda a la zaga . Joaquín González  Heres, Joaquín el de La Cuesta  es un hombre empapado en el salitre, hecho a si mismo, quien forma parte del listado de patrones de pesca del concejo.




Cartel de la exposición en el espaldón del viejo
muelle de Luanco, donde figura Joaquín.


Joaquín, como tantos y tantos hombres que faenaron en estas procelosas aguas cantábricas no sabía nadar, pero eso nunca representó ningún impedimento para mantener y alimentar su idilio con la mar.  "Mi padre compró la lancha  "Punta de los Ángeles" con Mino Bernarda a medies. Iben los dos  a faenar con ella, Unos años más tarde  mi padre le pagó la parte y ya se quedó con el bote". Esta vetusta embarcación fue uno de los referentes más cotizados de nuestra pequeña flota de botes. "Era muy marinera, pero tenía un problema que tenía la quilla un poco torcida. Competía en carrera de botes y una vez que fueron a competir, iba Fausto en la tripulación y pusiéronlo  pal lado donde torcía la lancha, porque era el más que tiraba y así corregía".



Fuente: Mariluz Serrano. De izquierda a derecha: Perfecto, Paco 
Medero, Marcelo, Moncho La Piedra y Toño, sobre la legendaria
"Punta de los Ángeles".


La explosividad entusiasta de Joaquín es compensada con la analítica pausada de su mujer, Carmina. Su unión, representa el perfecto equilibrio, ese que se emplaza a la rutina diaria y cotidiana. Ambos, tienen un nexo común, el trabajo. " Mi madre era muy trabajadora, pero era mucho más mejor gente. Los dos siempre trabajando. ¿Qué iben facer?, no había otra cosa. Mi padre, que ya estaba trabajando en el Carreño (tren) pidió una excedencia pa ir arrancar ocle. Le traía más cuenta, porque iba a dos mareas con el garabato. Pidió excedencia por el verano, le compensaba más que estar trabajando". Confirma con sus palabras un dato que hemos tenido la suerte de comprobar personalmente: " Mi padre era fino pa arrancar el ocle, era muy fino pa la mar, pero sobre todo para el ocle ".


Aquel tándem, engranaje perfecto de colaboración y entendimiento, se manifiesta en los pequeños detalles rutinarios: " Mi padre era nervio puro, que solo calmaba el tabaco. Cuando venía del arranque de la primera marea, mi madre le bajaba a la playa la comida y el tabaco. Si no llevaba comida y no faltaba el tabaco no pasaba nada. Pero, un día se le olvidaron los "ducados" y aquello...". Como hombre curtido en la mar, mantenía hábitos heredados: "Guardaba en la boina el tabaco y el mechero, pa no mojarlos". Aquella adicción, difícilmente superable: "Fumaba en la cama, y alguna sábana quedó chamuscada, también en la tenada, cuando primía la yerba".


La vinculación económica del pueblo con la mar y su desarrollo es una obviedad, que a los nativos nunca pasó desapercibida: " La mar siempre quitó fame. Y con el ocle fueron años de mucha abundancia que hizo prosperar al pueblo. La mayor riqueza de Antromero, siempre estuvo en la mar".


Esta narración de supervivencia es la que en definitiva ha forjado el carácter de nuestras gentes. La tenacidad marinera y la resistencia campesina, han sido la simbiosis perfectas para esquivar a los duros tiempos, plenos de miseria, hambres y estrecheces.


La tierra.  

En esta  combinación unida por esfuerzo físico interminable, de la que esta familia podría cumplimentar cientos de capítulos, se refrenda con el dominio terrestre. Para entender este ciclo vital vivido por nuestros informantes en el pasado siglo XX, debemos despojarnos de ideas preconcebidas. La vida campesina no entendía de horario alguno, los tiempos los marcaba el sol, desde el amanecer hasta el oscurecer y las necesidades de los animales albergados en la cuadra.


Con los inicios desalentadores y sacrificados de aquellos huérfanos, durante la segunda década de la anterior centuria, se van forjando unos sólidos cimientos de querencia a la tierra que te vio nacer. Este apego, con el paso de los años, se traduce en nuevas adquisiciones, fruto en ocasiones de otras carambolas del destino, tal lo recuerda Tito: " Llegamos a comprar una finca que era de Casa Norte. Antes había sido  de los de Robés, pero por  un préstamo que no pudieron pagar, quedaron sin ella.  Esa la llevaba mi tía y María La Pielora y años más tarde la compre a mi nombre y la otra parte la acabó comprando Manolo a Josefina Bolla".
  

Aunque no sea necesario insistir, en las unidades de producción domésticas sobresalía la tenencia de un animal, por encima de cualquier otro. Tito, coincidente con el sentir general, así lo manifiesta: "En Antromero hasta no hace mucho tiempo casi todo el mundo tenía una vaquina, que el paisano atendía después de salir de trabayar". No era necesario disponer de grandes medios, tan solo un receptáculo para cumplir con la aspiración de posesión de aquel símbolo, austero y productivo como ninguno: "En todes les cases había una vaquina. Este animal garantizaba la leche diaria para la casa. Cuanta gente segaba por los lados de las carreteras, caminos y caleyes, pa darles  de comer, porque no teníen prao alguno".



Fuente: María González. Tito, cabruñando la gadaña, actividad
obligada y de exigente conocimiento.


La experiencia personal avala cualquier planteamiento, y ante la que rendimos pleitesía: "Cuando empecé en esto, les vaques eren de leche, y a última hora ya les tuve de carne. Este ye un trabajo muy sacrificado, todo lo de la cuadra y la tierra ye muy esclavo. Antes de llevar yo esto, eren les mis tíes les encargades de todo. Entonces, había pocos animales, pero les coses no estaben muy mal, porque daba pa vivir"


La fecha que marca el punto de inflexión, coincidente con otras voces expertas, de esta grave crisis que afecta al sector  la marca el año 1985: " Hasta la entrada en  la Unión Europea (1985), la gente que se dedicaba al ganao, a les vaques vivía bien. Los que teníen vaques de leche, les compensaba trabayar, ya que valía muy bien. Compensó faenar en esto hasta esa fecha". Siendo su conclusión  inapelable:  "A partir de ahí ya se jodió todo. Si volviera a nacer otra vez, yo no me dedicaría a esto". Aunque recuerda amargamente el abandono de esta actividad. " Al final tuve que venderlas todas por enfermedad mía". Pero siempre con una satisfacción personal de haber desarrollado todo aquel trabajo casi vocacional, con el apego y amor a la tierra y sus animales.


El complemento perfecto en la cuadra a la vaca, era el cerdo. Un fijo en la estrategia económica rural y sostenible. Aunque nuestros ancestros no conocieran, ni sospecharan de este término tan actual, ellos mantenían la máxima de utilizar los materiales disponibles, minimizando el desperdicio para reducir costes.  " Aquí en casa siempre se mataben todos los años 4 gochos, de los grandes. Dos en diciembre y otros dos en abril". Y después garantizar con ello, la proteína animal de la despensa.



Fuente: Moncho La Piedra. Pelando el gocho, en Casa La Piedra.
Avelino Les Moranes, el segundo por la izquierda.


El trabajo en las heredades, estaba fijado en calendario agrícola  y tan solo alteraciones condicionadas por la meteorología, condicionaban a aquel. Las exigentes labores de la siembra de patatas, fabes, maíz, ...obtenía su recompensa con la llegada de la seronda, del otoño. Lucía detalla el cultivo de la patata, como bien pudiera hacerlo de cualquier otra especie vegetal domesticada, con la solvencia de aquellos que confían en sus quehaceres cotidianos: “ Les patates semense en el día, fainse los riegos (surcos) y allí se echan les patates cortades, cada cacho con bilto (brote)...después arrimase con la fesoria , eso era siempre cosa de les muyeres". Precisando una nueva labor previa : “Había que preparar la tierra,... cuchala y arala” . 


Una vez germinada y en proceso de crecimiento, recuerda aquel protocolo inalterable, ya que  inexcusablemente había que liberar la planta (para que no sufriera su crecimiento alguna incidencia) de las malas hierbas: “Después había que sallala,... y rendala, que ye arrimai la tierra a la planta”. En otras ocasiones, se alteraba aquel ritmo productivo con la presencia de algún visitante indeseado: " Tenías que tener cuidáo con los escarabajos (11), que te comíen la planta. Entonces había que sulfatar". La parte final y más interesante se reservaba a la recolección y posterior almacenamiento. Nuestra declarante hace una reflexión respecto a este tubérculo sembrado en estas tierras y su aceptación en los mercados locales: " No sé porque,  pero ye decir que la patata ye de Antromero y quítentela de la mano".  Tal vez, Moncho La Piedra, con su inefable  humor puede dar respuesta a aquella cuita de Lucía: " Ye que les patates de Antromero, saben a marisco".


Otro de los nichos de venta muy estimado y con alto valor añadido fueron les fabes. Germinadas durante décadas al pie de la planta de maíz, en una simbiosis perfecta para evitar su "acamamiento" y que se mancharan. "Les mas grandes y guapes eren pa vender a la plaza o se reservaben para gente que ya sabies que veníen a comprales a casa. Les medianes y pequeñes pa comer la familia y alguna manchada que se pudiera aprovechar. Les otres ruines y seques siempre pal gocho". 


Aunque, el inevitable paso del tiempo, modifica calendarios, productos,  medios y ritmos de producción, señalando que ya nada será igual que antes. Las cosas han cambiado y no siempre para bien, como lo reconoce Tito: " Hoy ya nadie trabaja la tierra, y solo hay cuatro caseríes, que están todas mecanizadas. Todo está abandonado. ¿Qué fueron de aquellos tiempos con tanta gente en les tierres, segando, en les andeches, ayudándose unos a otros?". Esta pregunta nos abre la puerta a otras expectativas productivas y la pérdida definitiva de la socialización que se manifestaba en los trabajos agro-ganaderos con la colaboración vecinal. "De eso ya no queda nada".


Detallar labores de tierra y de mar, sujetas a los habitantes de este pueblo es un empeño infinito. Nuestros antepasados, han valorado cualquier expectativa para eludir a la amenazante necesidad, y en sus formas más crueles: el hambre, la enfermedad y la muerte. Vidas estoicas, vinculadas formas de existencias obligadas, pero que siempre tuvieron, o al menos intentaron una válvula de escape, en forma de romería, fiestas, bodas, ...Aquellos momentos eran para disfrutar, y bien que se disfrutaba. " Los de Antromero siempre íbamos en grupos a todes les fiestes, y después a les discoteques. ¡No había nadie que lo pasara mejor que nosotros!". Entonces, el trabajo podía esperar.



Fuente: Laudina Artime. De izquierda a derecha: Tito Les Moranes, Álvaro
Artime, Ángel Sampedrín, José Moris y José El Roxu". ¡No había nadie 
que lo pasara mejor que nosotros!


Hagamos nuestras unas palabras de Tito,  teñidas de sabiduría y experiencia, como el mejor epílogo para este apartado, que el paso del tiempo no ha  cambiado: " Viviendo en la aldea, nunca dejes de trabajar del todo, siempre hay algo que hacer. Y más en Antromero, que tien tierra y la mar.  Pero eso no es malo, aunque a lo mejor bueno tampoco".









(10). Para aquellos interesados en tener más información respecto a este artilugio y al ocle, consultar el capítulo 15.


(11). Se tiene constancia de la presencia del escarabajo patatero en tierras asturianas, a la finalización de la guerra civil, en el año 1940. En Antromero, Benigna Anxelín recuerda como estando de reposo en cama, sus hermanas le llevaron un escarabajo como si fuera un animal exitico, corría el año 1941.







Unos apuntes sobre Joaquín el de La Cuesta.




"Dichoso es aquel que mantiene una profesión

que coincide con su afición".

George Bernard Shaw.
 


Joaquín González Heres, nace en Luanco en el año 1920. Será el tercero de seis hermanos: Alfonso (1917), Ángeles (1919), Joaquín (1920), Ana María ( 1922), Álvaro y Carmen. Estos vástagos son fruto del matrimonio compuesto por Isidoro González García (aunque el registro censal figure como Isidro), nacido en 1882 y Teresa Heres Menéndez (1892). Ambos progenitores sabían, según propia confesión, leer y escribir, algo excepcional ( especialmente en las féminas) en la época discurrida.



Fuente: Geli Artime. Detalle del censo de 1924 de la familia de Joaquín. En el mismo, no figuran
ni Álvaro, ni Carmen, al haber nacido con posterioridad a este documento.


En el año 1924, esta familia conocida popularmente como "Los de La Cuesta", no vivían en dicho barrio, y si en cambio en la luanquina calle de Mariano Suárez Pola. Todo nos hace indicar, que tal apodo está vinculado a tiempos pasados y ascendientes de Teresa Heres.


Isidoro ( o Isidro, según censo) tiene declarada la profesión de "latero", esto es, hombre que trabaja la hojalata, haciendo menaje o utensilios domésticos. Si atendemos a las declaraciones de alguno de sus descendientes, Cruz, nieta de Álvaro la Cuesta (hermano de Joaquín) y Mercedes la de Tamón: "El padre de Juaco, mi bisabuelo, era Isidoro González y dice uno de mis primos que era de Antromero". Con esta información proporcionada,  llegamos con el rigor de la búsqueda e hilo conductor de  los apellidos a una única familia, que bien pudiera formar parte de su genética  y asentada en este pueblo, en el censo de 1867: Bernabé González de la Vega, casado con María García Salines. Solo la presencia en los siguientes próximos quince años en esta tierra,  de un matrimonio que compusiera a sus descendientes los apellidos González García, erradicaría definitivamente esta posibilidad barajada. 


Isidoro, fallecerá a la temprana edad de 47 años, en 1929, probablemente por uno de los innumerables brotes de tisis que asolaron a todo el país, hasta bien entrado la década de los cincuenta del pasado siglo.




Fuente: Cruz. Familia de Joaquín. Sus padres, abajo y en el centro.
En la parte superior y de izquierda a derecha: Álvaro, Carmen, 
Ángeles y Alfonso. Abajo: Ana, Isidoro, Teresa y Joaquín.


Hasta ahora, toda la información proporcionada de Joaquín de La Cuesta, procede de sus hijos, de sus recuerdos perennes e inolvidables. Llegado a este momento invitamos a Cruz, genética de esta familia luanquina a que haga un guiño, en forma de evocación de uno de los miembros de su estirpe: "Juaco era hermano de mi güelo Álvaro...cuando era güajina miraba par él alucinada porque era igual que mi güelo, muy guapos, de piel morena y con pelazo...Siempre estaban sonriendo y eran de buen hablar...Al observarlos yo me sentía ¡¡¡una suertuda doble!!!. Cuando coincidíamos siempre me daba un besín y una moneda...me da mucha pena no haber coincidido más con él y su familia".


Conocida ya su faceta de hombre entrañable, cariñoso y trabajador, disfrutaba de la fiesta como pocos, traducido en bailes interminables y en sus festivas participaciones en las carrozas, de la que era un componente obligado: " Por San Pedro era el primero en bailar y el último en acabar. Participaba en todes les carroces disfrazáo. No había nadie que disfrutara la fiesta como él".



Fuente: Marcelino Menéndez. Joaquín bailando la jota, en la fiesta
de la Mancomunidad. Al fondo, su hija Marian, sentada en el suelo
le observa. Años 80.



Aquella vitalidad desbordante, es el cuño personal de un hombre, que se sintió orgulloso de sus raíces marineras hasta sus últimos días. Con la boina, y ropa de mahón certificó la dignidad del salitre que llevaba en sus venas.







Conclusiones.


Una vez más se empecina la vida en mostrar un camino de retornos. Atrás quedan años pasados, recordados con palabras precisas, sin matices que puedan albergar dudas. Los declarantes, una vez más, se han empeñado en demostrarnos que  la vida no es más que esto: el aceptar la lucha de no renunciar a viejas esperanzas por mejorar, aunque se deje la piel en cada intento.


Los miembros de esta popular y querida unidad familiar de Les Moranes, son un claro ejemplo de lucha y dignidad, de entender finalmente todo aquello que fuimos, en batalla permanente contra cualquier dificultad, y sentir el orgullo de lo que nos hemos convertido. Al fin y al cabo, la única prerrogativa concedida a los mortales es vivir, y de esto saben mucho los integrantes de este clan. 




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