Capitulo 1 . La caza de las ballenas.

 

Luis Gutiérrez Tudela. "Pesca sostenible" (2009).



Capítulo 1


 

LA CAZA DE LAS BALLENAS

 

            “Si conoces el pasado, nunca te sorprenderá el futuro.”

 

Plantearse una lectura de la historia de Antromero, sin ahondar en su pasado más profundo es un riesgo que no vamos a correr,  a sabiendas que se nos escapa del objetivo inicial de este futuro libro. No podemos ni debemos olvidar lo que en definitiva trazó la historia  del pueblo,  fue la caza de la ballena, aun asumiendo el riesgo que representa el valorar y enjuiciar este episodio que marcará nuestro presente y futuro.


La primera referencia documental en  la que aparece nuestro pueblo, Antromero, data del año 905, en el testamento del rey astur Alfonso III, El Magno, donde figura la iglesia de Sancta María de Entromerio. Siete años después será su hijo Fruela, quien donará a la Iglesia de Oviedo, varias de sus propiedades entre las que figura "in Intromerio ecclesiam Sancta María".


Es importante y necesario  precisar este dato, pues va a ser determinante en el posterior desarrollo de  acuerdos, permutas y trueques, con los que la iglesia negociará la importante actividad de pesca de ballenas que aquí tendrá lugar. 

      

En el siglo XII, se constata la presencia en un terreno próximo a la ensenada de S. Pedro, de un pequeño astillero, donde presumiblemente se construía y reconstruía las embarcaciones y accesorios  necesarios de las mismas, demostrándose con ello una actividad  pesquera, que amén del cultivo de la tierra, atendía las necesidades alimenticias de la población.


Hasta el siglo XIII, las labores en la mar eran típicamente costeras, esto es, desde tierra firme, o en pequeñas embarcaciones de bajura. A partir de este momento, comenzaría la aventura de la pesca “a mar lontana”, de la captura de las impresionantes ballenas, casi siempre durante los meses de noviembre y febrero. 


También parece indicar que la actividad de aprovechamiento de la ballena, bien por varamiento  accidental o por captura se podría haber desarrollado antes de estas fechas, ya que se encuentra datada la aparición de una vertebra de estos cetáceos entre el material mezclado de la muralla romana de Gijón (siglos III-IV). Constatar que en el castro de la Campa Torres de Gijón fueron encontrados restos óseos de ballenas. Estos tienen una antigüedad de unos 2500 años.


En estos siglos de la Edad Media, es donde los grandes monasterios ovetenses ejercen su dominio en Antromero, ya que figuraba en su listado de propiedades, mezclándose en el recuento de sus bienes hombres, mujeres, niños y ganado sin ningún tipo de distinción. Vinculados todos ellos hasta el fin de sus días a la tierra que trabajaban y que no poseían. Y este dominio por parte de dichos monasterios durará varios siglos, hasta la desamortización y venta de bienes de la iglesia, a mitad del siglo XIX.


La verdadera importancia de esta actividad en nuestro pueblo en toda la Edad Media, nos  aparece reflejada en un documento de permuta del año 1312. Es en este texto donde el obispo de Oviedo, pone un especial hincapié en  el intercambio con el abad del monasterio de S. Vicente, de bienes y villas de Gozón, de evitar en el mismo, al "puerto de Entromero con sus talayas (lugares desde donde se vigilaba la presencia de ballenas) et entradas et salidas", y así conservar unos suculentos ingresos derivados de la actividad de la pesca de ballenas.


Así, en otros dos testimonios documentales pertenecientes a la colección diplomática del monasterio de S. Vicente de Oviedo, se reseña los repartimientos de todos los beneficios obtenidos de la pesca de la ballena en dos pequeños enclaves de la costa central asturiana, que estaban bajo el dominio de ese importante centro monástico. Se trata del pequeño puerto  d´Estazones (Villaviciosa), año 1294, y del lugar de Antromero, fechado en 1331. En este último, será donde se especificaba  las compensaciones o pagos que debía recibir el abad de S. Vicente por el arriendo de sus posesiones en Antromero y alrededores: “...SI DIENTRO ESTE TIEMPO RIENDA VENEIR GANANCIA DE BALLENA AL PUERTO DE ENTREMERO, DEVEIS VOS ABBAT A AVER LA MEATAT E YO LA OTRA MEATAT”.


En este documento, otorgado el 13 de noviembre del año 1331, aquel monasterio de referencia, arrendaba a un morador del lugar de Antromero, de nombre Johan Pérez, las heredades que poseía en el cenobio en Condres y S. Martín de Bocines, con la obligación del arrendatario de repartir la ganancia que hubiera de la pesca de las ballenas a partes iguales: “Mitad de la ganancia de ballena (que viniese) al puerto de Entremerio”.


Entonces Antromero, era una pequeña agrupación de  chozas, hórreos “todo techado de palla”, habitado por un par de decenas de habitantes. Con  esa modestia de medios, nuestros antepasados iniciarían una  intensa y lucrativa actividad  en la zona, con permiso de Entrellusa (Perlora),  que marcaría el devenir  económico en la Baja Edad Media y la Edad Moderna del lugar. 

             

Aunque será en 1232 ( el País Vasco fue en 1200), donde se tiene la primera   referencia documental de esta pesca en Asturias .Todo indica que esta actividad se había desarrollado mucho tiempo atrás. En el mes de marzo de ese año el abad del convento de Santa María de Ambás, arrendaba el puerto de Entrellusa ( Perlora) a pescadores avilesinos, con la condición que se le entregase a dicho convento la cantidad de veinte maravedíes por cada ballena capturada y entregada en tierra.

      

La caza de ballenas, atrajo, por ese importante atractivo económico, a numerosas gentes de diferente procedencia y que con el paso del tiempo acabaron asentándose en esta zona. Así, nos lo  documenta  Ignacio Pando: “...es el caso del apellido Artime, que algunos investigadores hacen llegar desde Irlanda y que se documenta en estas tierras en el siglo XI, siendo uno de los rasgos más característicos de la identidad de sus gentes y una de las aportaciones mas notable extendida por todo el concejo gozoniego y alrededores".

 

 


Como se pescaba la ballena. 



"El mejor arponero, de Antromero".

Popular.

 


Era esta una actividad perfectamente organizada, ya que en este empeño, estaba en juego las vidas y sustento del pueblo. Todo parece indicar que había varios puntos para otear y vigilar el paso de las ballenas. Eran lugares estratégicos, con una amplia visión de costa, las atalayas, y sus encargados los que tenían que de dar avisos acordados,  bien con señales de humo o sonoras, de la presencia de los cetáceos. Su designación no dejaba lugar a dudas, los "talayeros o atalayeros". Lugares que debieran estar, en pura lógica en zonas altas y despejadas y que bien pudieran ubicarse en el Alto Monte,  la actual ubicación de la iglesia, o la Piedra. 


Teniendo muy en cuenta que el paisaje de hoy no se ajustaría en absoluto al de entonces, poblado de grandes arboledas autóctonas (1). Cuya deforestación, amen de otros acontecimientos de carácter fortuito o accidental, se puede explicar por la necesidad de abastecer las necesidades de aquellos pobladores. Así se priorizaba la construcción de pequeñas chalupas, viviendas, abrir espacios para cultivos poco intensivos, alimentar a la lumbre necesaria para su subsistencia y posteriormente con la tala masiva de arboles para materializar el proyecto megalómano del monarca Felipe II de construir la  funesta Armada Invencible (2). 

        

Una vez dado el aviso, era cuando les tocaba la faena de la captura a  las pequeñas embarcaciones, chalupas, con los aparejos necesarios para tratar de garantizar su captura: arpones, estachas, lanzas, sangraderas y más útiles que les pudiera facilitar su empeño. Estas lanchas eran tripuladas entre 6 y 8 hombres, quienes manejaban remos , tratando de acercarse lo más rápido posible a su presa.

        

Una vez localizada la presa toda la responsabilidad y el éxito operativo recaía sobre los hombros de uno de los tripulantes, el arponero. Su experiencia y conocimiento del medio se volvía fundamental en esta caza,  dado que de su habilidad y puntería dependía el objetivo perseguido en  toda la operación. Este, se situaba en la proa y lanzaba su arpón (que media entre 1,5 y 2,5 m. llevando grabada una señal que identificaba a su propietario en caso de dudas, por si hubiera más de un arponero o chalupa) sobre el cetáceo, quedando unido a la embarcación por una cuerda o maroma de cáñamo. Ya arponeado, el animal furioso, intentaba escapar sumergiéndose bajo el agua, pero cuando salía a flote, el resto de los miembros de la  embarcación o embarcaciones continuaban clavándole más arpones y sangraderas, con el objeto de desangrarlo.



Ilustración de la caza de la ballena.


En los ambientes marineros durante mucho tiempo fue popular el dicho popular, "Para ser arponero, ojos, cojones y ser de Antromero". Inequívocamente esta expresión, que ha trascendido siglos, denotaba  el aprecio  y respeto que nuestros balleneros tenían en el  gremio.

         

Una vez muerta la ballena,  y dado que por su gran cantidad de grasa garantizaba una muy buena flotabilidad, era remolcada hasta la playa, en un último esfuerzo previo al reparto acordado y posterior manufactura.

         

Práctica muy común, era que en caso de que la ballena estuviese acompañada de su cría, ballenato o cabrote, este era el primer objetivo de la captura, pues así garantizaba la no huida de su madre, incapaz, como buen mamífero, de abandonar a su suerte a  su retoño. Así, con esta crueldad programada se establecía una pauta a seguir entre los miembros de aquellas frágiles embarcaciones.

              

Por último, y como curiosidad reseñar la "profesionalidad", generada por los intereses de los estamentos político-administrativos y religiosos,  que hubo en determinadas épocas en el oficio de este gremio de pescadores. En el Archivo Histórico Provincial, se halla un contrato firmado a fecha de 16 de octubre de 1601 y suscrito en la villa de Candás por veinticuatro personas, en el que "se convinieron y concertaron para andar a la mar en el oficio de ballenas, que no besugos". Junto con los arponeros, Andrés Fernández, Juan de la Quintana y Alfonso Cassal, todos ellos vecinos de Candás. El acuerdo era el ir juntos durante cuatro costeras, "comenzando el día de San Martín de ese año hasta acabar el mes de febrero del año entrante. Por el mismo tiempo y en las mismas fechas, habrán de cumplirlo en los tres años sucesivos".  En dicho contrato a los arponeros, hay que facilitarles barcas y todos los utensilios necesarios para esa costera. El salario a recibir era de 110 ducados por campaña, "del primer pez que Dios les diera" . Aclarando el documento que "no dando Dios ningún pez"  durase el contrato, los veinticuatro contratantes, deberían pagar los ducados correspondientes como indemnización.

                                                                                  

 



(1). Pinos, castaños, carbayos.., y cuyo último vestigio de aquellos tiempos lo tenemos en el Bardascal, con presencia  aun de castaños centenarios, testigos mudos de nuestra historia o el topónimo de la Viesca : bosque.

(2). La tala y posterior envío de árboles autóctonos a los astilleros ferrolanos, en  su obsesivo intento de  doblegar a  la pérfida albión (Gran Bretaña), a fines del siglo XVI.




Reparto.


"El que parte y reparte.

lleva la mejor parte".

Popular.

 


En la playa, se procedía al despiece y reparto, tal y como estaba estipulado y en el que la iglesia se reservaba la mitad de la captura y  después le correspondía asignar la parte al arrendatario. Un claro ejemplo del poder eclesiástico queda reflejado en el acuerdo de 1618, entre el cura de Candás y los feligreses  por el que estos se comprometían a donar los vientres de todos los cetáceos capturados por la embarcaciones candasinas al párroco. Entre los miembros de la tripulación se procedía al reparto mediante quiñones,  y con la entrega al arponero del privilegio que representaba la aleta, habiendo  sido otorgada por sus buenas artes y manejo del arpón. La repartición continuaba entre viudas, huérfanos, marineros ancianos, enfermos y desvalidos, que en esta como en otras épocas, abundaban.

         

Especial interés tenia el reparto de la lengua del animal, bocado en la época más que sabroso, y que generalmente era entregado a persona o personas importantes, tal y como nos lo indica, el estudioso de la historia asturiana, Luciano Castañón: “La cola y sobre todo la lengua eran platos de lujo, y según costumbre (tras el despiece) se entregaba a la Iglesia la lengua de la ballena”.

                                                                                                       

 



 Despiece y aprovechamiento.



"Si tuviera seis horas para talar un árbol,

pasaría las cuatro primeras afilando el hacha".

Abraham Lincoln.


          

Una vez en tierra, tal y como se expuso, se procedía al despiece del cetáceo.  Labor esta de suma importancia, ya que antes del reparto se realizaba esta actividad,  para conocer en toda su dimensión aquella riqueza varada en la arena.

          

Para ello, se utilizaban diversos utensilios de corte de fierro, según la parte a descuartizar acompañados siempre de calzas para poder subirse encima del cetáceo para no resbalar. Estas eran básicamente unas tablas con puntas de fierro que se sujetaban  a los pies. Se despiezaba siempre en tiras, que a su vez eran cortadas en trozos más pequeños, que facilitaran su posterior manejo. Cuando hablamos de esta actividad, no debemos olvidar el contexto para su ejecución. Las ballenas capturadas, eran animales de gran volumen  (aproximadamente 20 m. de largo y entre 30 y 80 toneladas de peso), el mayor que ha conocido el hombre.

           

En primer lugar, se cortaban los trozos de grasa, amén de otros apéndices citados anteriormente (aleta y lengua), y se llevaban a un cobertizo normalmente en la proximidad de la zona del despiece. Lugar este dotado de fuego, que con la ayuda de recipientes, cabe suponer que metálicos o barro, se iba derritiendo la grasa hasta obtener el aceite o saín, que se almacenaba en barricas


Dada la importancia que en la época representaba esta extracción, y de su excelente calidad nos la el apunte, que hasta la llegada del petróleo y sus derivados, era el combustible, dadas sus características, más empleado para el alumbrado, ya que ardía sin desprender humo ni olor. Testimonio de esta actividad, queda recogida por el geógrafo y cartógrafo Tomás López en 1777, "...(concejo de Carreño) la caza de la ballena cesó ya muchísimos años atrás y de la que nos quedan memorias de los huesos que se descubren y algunos muros de edificios arruinados que la tradición advierte fueron bodegas que se fabrican el aceite en ella."

          

De la ballena, como del cerdo, se aprovechaba prácticamente todo. Además de la grasa, una gran parte de su carne se preparaba en conserva de salmuera para el consumo humano. Aunque algunos eruditos, como Jesús E. Casariego afirmaba que, “los productos de la ballena casi nunca se empleaban en la alimentación humana”. Lo que resulta ciertamente chocante, ya que pasados varios siglos desde entonces, aún se consume en países como Japón, Noruega, Holanda, Dinamarca...Y será  este motivo, el que nos abre ciertas dudas ante su aseveración, pues ante tal evidencia, no creemos que nuestros antepasados, dada su escasez de recursos, se pudieran permitir el lujo de despreciar esta comida que con tanto esfuerzo arrancaban a la mar.



Grabado que refleja las actividades en la ribera posteriores a la caza de la ballena.


No obstante, el mismo Jesús E. Casariego nos precisa algunos de aquellos  aprovechamiento de estos cetáceos: " De una ballena de veinte o veinticinco metros de eslora y peso proporcionado, se obtienen tres mil quinientos litros de aceite y dos mil de barba.... la ballena constituía una gran riqueza. Con su grasa se nutrían varias industrias, entre ellas las de pintura naval, alumbrado y otras aplicaciones, incluso farmacéuticas. Sus barbas servían para los más variados usos, incluso en la sastrería femenina...". 


Si nos retrotraemos algunos siglos atrás, recuperamos el testimonio del Padre Carballo, quien en su obra "Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias" (1695), cita: "Hay pez tan monstruoso en este mar de Asturias, que solamente las barbas se venden en mucho dinero; y el pez trae de provecho a los que pescan más de mil ducados, y lo más de la grasa, que la llaman saín, con la que se alumbra la gente común de esta tierra". 


Su esqueleto, era normalmente utilizado para un sinfín de usos tales como  cierres de las modestas cabañas de los pescadores, confección de muebles o incluso como adornos. Testimoniando estos empleos, y ya en estas tierras, viajamos  a los estertores del siglo XII, donde la propia Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid,  documenta en el volumen 13 (1887), dejando constancia  del aprovechamiento de alguno de los huesos de los cetáceos: "...y entre Candás y Luanco, en la playa de Antromero, existen otras tres mandíbulas de ballena que sirven de pared para formar una rinconada, en la cual depositan los ribereños el ocle o algas marinas que en las mareas recogen, y que después de podridas, van llevarse a los campos para abono."

           

Aunque para nuestra intrahistoria no sea especialmente interesante, no debiéramos obviar la especial consideración que tenían las barbas del animal. El único material flexible conocido en esa y posteriores épocas, que reportaron a las damas de la alta sociedad una esbeltez propiciada por el uso de las mismas en la confección de corsés (3).


Finalmente, hay que tener en cuenta el periodo histórico en el que se desarrolló esta actividad. Un agravante añadido, a todo el esfuerzo que exigía su captura, radicaba en el transporte de toda esta mercancía, sin medios, ni logística. Representando un esfuerzo sobrehumano, a sumar a la dura y penosa labor realizada.











(3). El término "ballena" sigue usándose en corsetería,  en  fajas y sostenes.





La importancia de la sal.


"El hombre puede vivir sin oro,

pero no sin sal". 

Casiodoro (siglo VI).


Aunque en estos momentos nos cueste creerlo, la tenencia y producción de la sal fue vital  para  el desarrollo de nuestras sociedades (el término "salario" deriva del hecho que los antiguos romanos en ocasiones pagaban los trabajos en sal). Para dar fe de su importancia, y hasta hace relativamente poco tiempo estaba prohibido importar o exportar sal de cualquier puerto sin la pertinente licencia, por los beneficios que representaban sus tributos al Real Tesoro. Su tenencia y venta estaba sujeta a concesión administrativa. Y de esto se testimonia que en el año 1591, en Avilés, se denunció a un hombre de nacionalidad francesa por estar haciendo sal furtivamente en las marismas de aquella zona, sin la preceptiva licencia para ello.

               

Tal y como expusimos con anterioridad, la sal fue uno de los productos básicos de la economía de nuestras sociedades, especialmente durante la Edad Media. Tan importante como cualquier otro alimento, pues era el conservante de referencia para algunas proteínas de origen animal, y  consumo habitual. La pesca y la sal van de la mano, constituyen por sí solo una economía propia. 

            

La época que ahora tratamos transcurre en una sociedad de pura y dura subsistencia, autárquica, de escasa o nula actividad mercantil, controlada esta última por la estructura señorial de la Iglesia de San Salvador de Oviedo. En virtud de donaciones reales o bien particulares, la Iglesia de Oviedo tiene el control absoluto de todas las explotaciones de sal asturianas sin excepción, entre los siglos X y XI. Más de doscientos años de dominio sobre un producto vital y necesario, con los beneficios económicos que ello representaba. Siglos después el insigne ilustrado Jovellanos denuncia en su "Sexta carta a Ponz" esta situación "..los monasterios e iglesias son casi los únicos propietarios de las cosas valiosas de Asturias". 

                 

Para fabricar este maná, se hacía a partir del agua de la mar, aprovechando la desembocadura de rías o riachuelos. El erudito F. Selgas, indica que la obtención de sal en esta zona y desde hace más de dos mil años,  se conseguía por la ebullición por fuego del agua marina, esto es, hirviendo dicho líquido, aprovechando el combustible que proporcionaba la abundante vegetación. Dadas las condiciones climatológicas sería imposible hacerlo por la desecación tal y como ocurre en otros lugares de la Península Ibérica. El inconveniente de esta producción era la laboriosidad  y el aspecto estético del producto final, de un color terroso, pero que al machacar los granos recuperaban el color blanquecino que asociamos al sal, tal y como lo citó el geógrafo griego Estrabón, hace más de dos mil años) respecto a las costumbres de los pueblos del noroeste de Iberia: "Su sal es purpurea pero se hace blanca al molerla". La evidencia es manifiesta, el color que sorprende al historiador romano, se debe a los útiles de cobre empleados para la evaporación del agua marina.

                

En nuestra área de influencia no debemos olvidar el topónimo Salinas/Salines (officinae salinarum), como lugar de producción de sal. Es en el año 1060 cuando Adosinda Roderiquiz, viuda de Garsea Ouequiz, dona a la sede ovetense de San Salvador la villa de Condres, "iusta ripa maris" una "senra" a la que se vincula "ad salinam", esto es, una extensa finca con presumible actividad salinera. En este documento, no se cita expresamente que se trate de una fábrica de sal, pero todo parece indicar que así fue, teniendo en cuenta la ya notable actividad pesquera desarrollada en nuestra zona y a la importancia que el documento recoge de tal donación. Hoy como bien sabéis ese topónimo de "Salines" aun se conserva en nuestra parroquia.

                

Añadir, respecto a esta actividad salinera, que el historiador Henao, cita en documento de 1282, la presencia de vascos en nuestra tierra. En aquel, el Rey Sancho concede la potestad a los bermeanos para que pudieran salar en los puertos de Asturias. Evitando con ello los conflictos de competencia con nuestros paisanos. 

             

No podríamos entender la caza o pesca de la ballena y de otras muchas especies sin la simbiosis de la sal, para su conservación. 




                                                                            La ballena.



"No hay nada en la tierra que se pueda comparar

con la majestuosidad de la ballena

cuando de mueve en su elemento,

un emperador sin corona de los abismos".

Herman Melville (Moby Dick).



La ballena que cazaban nuestros antepasados es la franca o de los vascos, mamífero en peligro de extinción ya que  los expertos estiman que quedan menos de 500 ejemplares en los océanos. Se trata de un animal, que en aquellas épocas se acercaban mucho a la costa, tal y como lo hacían los calderones, hasta no hace muchos años. Durante el verano se desplazaban hacia las frías aguas atlánticas de Noruega, Islandia...En los meses invernales se acercaban a nuestras costas en busca de alimento para ellas y sus crías.

        

Era lenta en los movimientos, poco agresiva en sus reacciones y sobre todo muy confiada. Eso puede explicar  como era posible esa lucha tan desigual entre los contendientes, donde existía una una notable desproporción de volumen y fuerza entre ambos.



Ballena vasco-francesa.

          


          

           La desaparición de la pesca de la ballena.



  "Cuando nadie sabe qué se ha perdido, la pérdida es eterna, 

porque ni siquiera queda el consuelo del recuerdo".

Carlos Ruíz Zafón.

           


La escasez de ballenas durante la segunda mitad del siglo XVII, determinó el abandono definitivo de esta actividad durante los primeros años del siglo XVIII. Aunque en estas conclusiones definitivas, no todos los estudiosos en esta materia coinciden en sus conclusiones, y una de las más llamativas resulta la que a continuación exponemos.

           

Con cientos de testimonios vinculados directa o indirectamente a la pesca de la ballena y recogidos en su obra “ Las ballenas en las costas oceánicas de España” de la Real Academia de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de Madrid, el Dr. M. P. Graells en 1889, fundamenta  del porqué de la desaparición de esta actividad de pesca a partir del siglo XVII. Y entre esos testimonios recogidos, destacamos el del entonces párroco de Candás,  D. Gregorio Diaz Bayón, dada su proximidad geográfica,  quien testimonia: “Las ballenas vivas, se ven todos los años a ocho o diez millas de la costa, durante los meses de primavera y verano, desapareciendo por completo en otoño e invierno...más frecuentemente en los meses de Mayo y Junio, viéndose muchas,  hasta 30 o 40 ejemplares...”

           

El Dr. Graells, en su estudio incide que no fue por la desaparición de los cetáceos el porqué se abandonó este estilo de pesca, sino por la mayor y mejor rentabilidad de la captura de otras especies. Incidiendo el no estar pendiente de su movimiento migratorio, amén del menor riesgo que representaba su captura respecto a las monstruosas ballenas. Poco a poco, la actividad marinera se fue especializando en otras actividades y abandonando lo que hasta entonces se había convertido en una  forma de vida y resistencia ante los avatares vitales.

        

En contraposición a las declaraciones del aquel ilustre investigador, reflejamos las del Cronista Oficial de Carreño, Marino Busto, quien en su obra Magna "Historia del concejo de Carreño en la general de Asturias"(1984), expone: "...al alejarse y escasear (las ballenas) a poco de comenzar el siglo XVI, dio comienzo la aventura de los mares del Norte" . Para ello tuvieron que modificar sus hábitos de pesca cambiándose las pequeñas chalupas, por barcos de mayor calado. En estos, amén de arpones, sangraderas y otros útiles para la pesca de estos grandes cetáceos llevaban calderas de cobre, ladrillos refractarios y arcillas. El objetivo, no era otro que cocer los trozos de grasa para su transformación en el apreciado saín y así reducir volumen a bordo.

            

En cualquier caso, los hechos objetivos de aquella progresiva disminución y desaparición de estos leviatanes marinos la sufrieron los hogares más humildes. El efecto más inmediato fue la escasez de "la grasa de arder" entre la población. El Ayuntamiento de Carreño, para paliar este déficit y en un acta del día 4 de octubre de 1663, aprueba, "...si no pudiera venir abasto de grasas de ballena y se pueda suplir la falta de la de la ballena con la de linaza de Castilla y de las sardinas y otros cualesquiera peces que sean de dar grasa, así se haga."  

          

Objetivamente todo apunta, que el hostigamiento sufrido por estos animales durante siglos, les obligó a cambiar sus hábitos en la aproximación a nuestras costas, y por ende la de los pescadores. Así, a principios del siglo pasado, y ya prácticamente desaparecida aquella actividad del calendario de pesca, la aparición de alguno de estos gigantes marinos de manera circunstancial, con sus características jorobas, presagiaba entre los marineros la proximidad casi inmediata de un fuerte temporal o galerna, a los que nos tiene tan acostumbrado nuestro Cantábrico. Por lo que si era avistado en alta mar, el cetáceo no era capturado, sino era motivo para que  las lanchas tratasen de refugiarse rápidamente a puerto, o tratar de conseguir abrigo.

            

Como curiosidad, añadiremos que el último varamiento de una ballena en nuestra comarca lo documenta el investigador Ricardo García Iglesias, quien confirma  el mismo en el año 1925, en la playa de Xagó. El cetáceo, fue descuartizado por los habitantes de San Juan, tutelados en dicha operativa por un guardia civil del cuartel de dicho pueblo, quien conocía los rudimentos de tal labor. En una casa de Laviana (Gozón) aun conservan huesos de aquella ballena.

              

Años atrás, en 1883, serán dos pesqueros gijoneses quienes capturen la última ballena en aquel contorno. Recogida aquella excepcional noticia por el periódico El Comercio: " Dos lanchas gijonesas capturan una ballena de 16, 75 metros, que es deshuesada en la playa del Arbeyal". El 11 de octubre de 1895, un vapor pesquero llamado " Sultán", encuentra a más de veinte millas de Gijón un enorme rorcual de veintidós  metros muerto. Lo arrastra hasta la playa de Gijón, despertando durante dos días una gran expectación entre la ciudad.  Desde entonces, quedará en el imaginario popular, una expresión para siempre: "Vete a ver la ballena", cuando se está molestando más de la cuenta.



Fuente: Mario Argüelles. El rorcual varado en la zona del Piles (1895).


           

La vida da unos giros insospechados y lo que antaño era recibido con gran alegría y garantía de sustento, futuro, por nuestros antepasados, se convirtió al paso de los siglos en un signo de mala suerte y mal fario.

 

 

Conclusiones

 

           

Como bien sabéis, cuando se recorre la historia con tan poca precisión, inevitablemente, siempre salen voces críticas que ponen en duda cualquier exposición o argumento, eso va implícito al ser humano. Y algo contra lo que obviamente no vamos a luchar.

           

Los mayores del pueblo, en ocasiones recordaban puntuales apariciones de restos de ballenas en los pedreos, casi siempre huesos. En enero de 1991, la factoría de Aceralia en Veriña, tuvo un escape de fuel, que llenó de galipote toda la playa de S. Pedro. Durante dos noches y días extrajeron con ayudas de maquinas y camiones centenares de metros cúbicos de arena. Las marejadas siguientes a este penoso acontecimiento descubrieron dos grandes costillas y una vértebra de cetáceo, que dadas sus dimensiones, bien podrían pertenecer a un ejemplar adulto.

           

Durante varios años, estuvieron expuestos en el club de Antromero, hasta que una desaprensiva mano decidió cambiarlos de sitio, sin dar explicaciones a nadie.

           

Con o sin costillas, podéis estar seguros que nuestro milenario pueblo fue en sus orígenes un puerto ballenero.

          

10 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho,con muchas referencias y algunos datos que desconocía.
    Muchas gracias por ilustrar el conocimiento.

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    1. Gracias por leerlo. el proyecto pasa por treinta y cinco capítulos que serán publicados semanalmente o quincenalmente

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  2. Qué maravilla. Gracias por publicar toda esta informacion. Deseando seguir leyendo.

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    1. La intención es divulgar la historia de nuestro pueblo. Una historia que va a ser escrita con los testimonios de los habitantes , como base y fundamento, ante la escasez de documentos para apoyar la misma. Van a ser treinta y cinco capítulos, todos ellos temáticos- y el objetivo será una publicación semanal o quincenal, dependiendo el tamaño de los mismos. La idea inicial fue en una cuenta de Facebook ( dado que es la red que mas siguen los habitantes del pueblo) publicar un enlace para llegar a este blog. Pero los responsables de esa red social han decidido censurar estos links por contenido inapropiado . Así están las cosas. Viva la Santa Inquisición.

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    2. Pues personal y egoístamente me alegro mucho de que lo hayas hecho porque yo no tengo Facebook, de todas formas supongo que podrás enlazar estás entradas desde entradas de Facebook. Desde luego intentaré leerte allá donde lo publiques. Esperando con ansia cada uno de esos 35 capitulos. Gracias de nuevo.

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    3. Vaya, te había leído mal. Ya veo que tampoco te permiten enlazar el contenido. Lo has intentado más de una vez? A veces se pasan de pejigueras, quizás insistiendo o cambiando el título lo den de paso.

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  3. Enhorabuena,a nosotros que nos fascina la historia y contarla ,nos encanta que haya personas/entidades que divulguen la historia de los lugares próximos a nuestras casas.
    Os seguiremos leyendo.

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    1. El objetivo no es otro que el no perder el rastro de la historia, que la bruma del olvido no se cierna sobre nosotros. Y lo hacemos por el respeto que debemos a todos aquellos que hace ya mucho tiempo prestaron sus vivencias para que así fuera. No será un trabajo de investigación y duro, seguramente caeremos fácilmente en sentimentalismos vacuos, pero bienvenidos sean. Gracias

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  4. Enhorabuena. Me presta mucho esta iniciativa. Un saludo.

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    1. Gracias por tus palabras. Y transmite nuestro agradecimiento a tú hermano Aurelio por facilitarnos la posibilidad de usar sus entrañables versos

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Capítulo 93. Coses y casos de cases. Casa Artime. Parte XI.

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